El día que conocí a Adrián, “Los Zetas” estaban secuestrando en el pueblo. Nos lo advirtieron tres jóvenes guatemaltecos que caminaban en sentido contrario al Río Bravo, huyendo de las vías del tren de Huehuetoca, Estado de México: “Los señores vienen en unas camionetas y llegan en una hora, mira vos, si los miran hablando con nosotros van a pensar que (ustedes) son ‘polleros’ y los pueden matar”, dijo el mayor de ellos, de 22 años.
Estábamos en Tultitlán, a unos 30 minutos en auto de nuestro destino, el comedor migrante San José, a donde me dirigía con dos integrantes del colectivo Vía Migrante para conocer a un grupo de activistas que se habían sobrepuesto al miedo y habían reabierto el refugio para migrantes, pese a que unos pistoleros les cerraron el lugar a balazos.
“Nos dijeron que si te ‘levantan’, le piden rescate a tu familia y luego te entierran vivo en los cerros”, murmuró el más joven, de 16 años, e iniciaron la huida.
Nosotros, en auto, confiamos en que el motor nos haría llegar al pueblo antes que “Los Zetas”. Con el acelerador al fondo, rebotamos por caminos de terracería hasta entrar a la comunidad de San Bartolo. Ahí, ubicamos las vías del tren y la manta amarilla con orificios de plomazos que ondeaba junto a una tienda de abarrotes. Habíamos llegado al comedor. Adentro comían arroz y frijol unos 10 viajeros, mientras una docena de activistas cocinaba con un ojo en el plato y otro en las vías del tren que van a Tamaulipas. “Estamos en alerta total”, contó aquella tarde una cocinera de unos 40 años, que batallaba por hacer una sopa de pasta sin jitomate. “Están ‘esos’ a una cuadras y no puedo salir por mi verdura”.
La sopa habría quedado insípida de no ser porque una figura de cabello rubio, suelto hasta las mejillas, cejas y ojos delineados, cargaba en la mano derecha una bolsa con jitomates gordos y con la izquierda sostenía su bolso. Su caminar, tambaleante por los tacones bajos que se resbalaban en las piedras sueltas, causó silbidos entre los migrantes.
—¿Quién es? —le pregunté a un salvadoreño que hacía su tercer viaje a EU.
—¿No la conoces? Dicen que en el último vagón de ‘La Bestia’ alguien pintó con rosa: “Amigo migrante, si pasas por Huehuetoca, pregunta por ‘La Polla’. Es ella, viva y coleando” —contestó.
“Ella” se llamaba Adrián y en marzo de 2013 tenía 38 años.
Célebre activista
Ocho meses después, regresé a Huehuetoca para escribir sobre “La Polla”, la célebre activista de Tequixquiac, el poblado contiguo. Entre tantos defensores de migrantes, resaltaba por su personalidad extrovertida y físico andrógino: a veces hablaba de sí mismo en masculino, otras veces en femenino; a veces usaba cabello suelto y barba, y otras blusas escotadas que se estiraban sobre su grueso torso.
Nos citamos en el mercado del pueblo. Con ella estaba un ayudante y Wilson, su novio, un migrante hondureño de 28 años con quien había empezado un noviazgo cuando se cayó del tren y se lastimó el pie. “La Polla”, en lugar de llevarlo a la Cruz Roja y arriesgarlo a una deportación, lo cuidó en su recámara, donde se enamoraron. Cuando el tobillo sanó, Wilson renunció a la idea de ser jardinero en EU y decidió quedarse en México para acompañar a su pareja en su labor. Aquella mañana, junto con un fotógrafo, los acompañamos en su rutina de serpentear por la llanura a bordo de su camioneta negra hasta las zonas de control de cárteles del narcotráfico para dar de comer a los migrantes.
“Siempre fui rebelde”, contó Adrián, mientras el vehículo se mecía en la tierra aflojada. “Imagínate, a los 14 años me salí de mi casa vestido de niña. Estaba bien bonito. Me decían pollito, ¡pero les salí polla y que me corren de la casa! (…) Yo creo que por eso hago esto, porque me identifico con la gente expulsada”.
Mientras Wilson conducía, “La Polla” narró su debut en el activismo. Fue una década atrás, cuando su familia ya lo había “perdonado” por ser homosexual y regresó a su pueblo, cuya economía agrícola había girado hacia la industria ferroviaria. Encontrar trabajo fue fácil: la contrataron como guardia para impedir que los migrantes treparan al tren, pero en lugar de tirar a balazos a los indocumentados, los ayudaba a subir.
“Se me hacía una injusticia (que no pudieran viajar). Yo, mejor, hasta les llevaba sus aguas. Al poquito tiempo renuncié y empecé a poner coreografías para XV años, fiestas, y cuando me di cuenta, me gastaba 70% de mi sueldo en comida para migrantes. Empezó como voluntariado y ahora es de tiempo completo”.
Con el auto estacionado junto a las vías, “La Polla” recordó, bajo la sombra de un árbol, que inició entregando agua a los viajeros; luego, con activistas, llevaba tacos de guisado; siguió con colectivos entregando despensas, y en esos días trabajaba de lunes a domingo con una cuadrilla de voluntarios credencializados por autoridades municipales que les dejaban usar su camioneta como cocina-ambulancia.
“Esta camioneta me la traje desde la frontera (norte). Allá la compré para que saliera barata, ¡pagué y pagué cuotas al cártel del Golfo (en el camino) hasta acá! ¡Yo estaba bien nerviosa en cada retén! Hasta que se nos acabó el dinero y nos pararon unos, que si no les dábamos nos iban a arrancar un dedo, y le dije: ‘¡Pos quítame un dedo, pero este coche lo necesitan mis migrantes!’ Y que me dejan ir de lo encabronada que estaba, ¿verdad, Wilson?”. Y lanzó una carcajada.
En esa camioneta pasaron historias que rayan en el heroísmo y la comedia: el guatemalteco al que “La Polla” salvó a empujones de unos zetas que lo querían secuestrar; el hondureño que Wilson salvó de morir de sed con una cerveza tibia; el tico que le mutilaron el pie y ella lo guardó en alcohol con el anhelo de que en unos meses sirviera de nuevo. Si había que enfrentarse a jefes de plaza, sicarios, mareros, se hacía, porque achicarse significaba perder la vida de un migrante.
“¿Te contó la historia de la tele?”, preguntó Wilson. “Un migrante que Adrián ayudó, llegó a EU y le dio las gracias mandando una tele bonita, plana, 30 pulgadas… pues Adrián esa misma tarde la vendió en el mercado y con eso compró pollos rostizados y comida como para tres meses, para regalarla”.
Después de horas en las llanuras y de rodear el basurero de Tequixquiac, una zona roja a la que ni los pobladores entran, “La Polla” pidió dirigir la camioneta a su casa. Quería enseñarnos una reliquia familiar. Con la delicadeza de un arqueólogo frente a una pieza histórica, extrajo de un álbum una fotografía de cuando tenía siete años: “¡Alguna vez fui 100% hombre!” Otra risotada. “Bueno, sigo siendo, porque hombre hombre, lo que se dice hombre, sí soy. Hay que ser muy hombre para hacer esto”.
“No tenemos miedo”
Entre la segunda y la tercera vez que vi a “La Polla” pasó un mes. Mientras en su casa comíamos arroz y mole, comentamos los datos que había recogido de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos: entre 2005 y 2009 contaron 18 agresiones a defensores de migrantes en México; entre 2010 y mediados de 2011, la cifra creció a 46. El país se ponía 150% más peligroso para su gremio, dedicado a fortalecer a viajeros en el camino y dificultar su plagio a los criminales.
Leímos juntos el informe Derechos humanos de los migrantes y otras personas en el contexto de la movilidad humana en México, especialmente el fragmento que decía que Amnistía Internacional contó que entre octubre de 2009 y junio de 2011 había emitido 13 acciones urgentes “sobre el peligro que corría la vida e integridad de los defensores de derechos humanos que trabajaban en albergues y casas de migrantes”.
Apenas minutos antes habíamos visto que sobre las vías del tren en Huehuetoca alguien había pintado con aerosol “MS13”, en alusión a la presencia de la Mara Salvatrucha en el pueblo, y cerca de su casa había una barda con una “Z” en rojo.
“No tengo miedo. Tampoco Wilson”, dijo “La Polla”. “Si lo tuviéramos, nos hubiéramos ido hace mucho. Le tenemos respeto a esa gente, pero nada más”.
La tarde nublada amenazó con oscurecer la salida de Tequixquiac y nos despedimos después de dos horas de entrevista. Le comenté que ya tenía casi todo para escribir su historia. Sonrió. Antes de cerrar la puerta de casa de su mamá, el semblante se le puso serio.
“Mejor, ¿te puedes esperar un poco (para publicar)? Las cosas están medio calientes acá”.
Cerramos ese compromiso y lo vi alejarse mientras se planchaba el cabello con las manos.
Amenazas e intimidaciones
En el gobierno federal no existe un conteo parecido a este. Tampoco lo tienen la mayoría de las ONG nacionales. Sí lo tiene, en cambio, una organización religiosa de corte internacional: según Scalabrinianas Misión para Migrantes y Refugiados (SMR), sección México, desde 2011 hasta la fecha han sido asesinados cinco defensores de migrantes en el país; es decir, uno casi cada nueve meses.
“Sólo en este año (2014) hemos acompañado a 50 defensores que trabajan con migrantes que han sufrido amenazas, intimidaciones, desde el asesinato hasta dejarles en las puertas de sus albergues perros mutilados como mensaje de terror”, cuenta la hermana Leticia Gutiérrez, directora de SMR.
En México, sostiene, hay un doble discurso: por un lado, cinco de los 11 premios nacionales de derechos humanos que se han entregado en el país desde 2004 son para defensores de migrantes; por otro, agentes del Instituto Nacional de Migración, policías federales y municipales, en contubernio con cárteles y pandillas, son los que comandan las agresiones a los activistas.
“Hoy por hoy, ser defensor de migrantes o defensor de la tierra es como una sentencia de muerte”, afirma la religiosa. “Lo de Adrián y Wilson, terrible, terrible… que Dios los bendiga”.
Todo apunta a “La Mara”
No hubo cuarto encuentro con “La Polla” ni con Wilson. El 23 de noviembre pasado, afuera de la casa de la mamá de Adrián, dentro de su inseparable camioneta, los dos fueron acribillados. A Adrián lo ejecutaron con tres tiros: uno en la sien, otro en el pecho y uno más en la pierna; a Wilson le dieron, al menos, otros tres balazos.
La principal línea de investigación es una venganza por parte de pandilleros de la “Mara Salvatrucha” que algunos meses antes quisieron robar a un grupo de migrantes en la zona de Tequixquiac. Los indocumentados se defendieron, retuvieron a uno de los mareros y lo entregaron a la policía. Para impedir que saliera por falta de una denuncia, Wilson fue testigo en el caso y “La Polla”, como siempre, lo apoyó.
Semanas más tarde, un mensaje en el celular de ella, dirigido a Wilson, los hizo huir del pueblo: “El vato que maneja la troca no se la va a acabar”. Firmaba la “pandilla MS”, y remató: “Putos”.
La policía municipal sabía del caso. También la estatal, la federal y la Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada (SEIDO), pero ninguno impidió que, cuando la pareja regresó en noviembre de este año a su pueblo, unas manos anónimas les destrozaran a ambos la barbilla, el pecho, el abdomen, la ingle.
En la libreta que usé el último día que lo vi, anoté su respuesta cuando le pregunté si no le daba miedo que Wilson o ella caminaran solos en las calles de su pueblo. Fue antes de despedirnos.
“Somos más nosotros. Y si un día me pasa algo, esta polla picoteó duro para mejorar el mundo”.





