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sábado 4 de abril de 2026

«Es mágico, pero a veces muy duro», reconoce maestra en su día

Inquieta, traviesa e imparable, así era Vanely en la infancia, un torbellino de energía que detenía su jugueteo al toparse con la figura de la […]

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Inquieta, traviesa e imparable, así era Vanely en la infancia, un torbellino de energía que detenía su jugueteo al toparse con la figura de la maestra Elizabeth; entonces, ella se convertía en algo más que su madre, era su guía, el ejemplo a seguir y la motivación para terminar la tarea pendiente; dejar las cosas a medias no era una buena manera de llevarse con mamá.

Soñaba con ser doctora o modelo, aunque las letras y los números, pero sobre todo la manera en la que su madre enseñaba la fueron atrapando… Ser la hija de la profesora X no la asustaba.

“En mi generación había muchos hijos de maestros, pero entonces no viví ningún tipo de privilegio; ella se lo dejaba bien claro a sus compañeras”, comparte.

Acepta que tuvo maestros de todo tipo: Los que le caían mal y otros que dejaron una huella en su vida, “pero cuando ya vives la experiencia con los niños, te identificas con todos; me pasa cuando veo a las niñas latosas”.

— ¿Qué significa ser maestra?

— Es mágico y a veces muy duro. Los padres no se dan cuenta de todo el trabajo que hay detrás de dar una clase, hay mucha planeación previa. A veces llegas con una idea, pero si el grupo no avanza en el tema debes esperarte, es algo que me motiva todos los días a levantarme con una sonrisa”.

Su madre la respalda, su ejemplo es innegable:

“Es bonito ser maestra; quizá no hay mucho dinero, pero es una satisfacción ver que un niño entre sin saber nada y aprenda todo con nosotros. Otros están muy desatendidos y uno los guía”.

Desde niña quiso ser maestra, jugaba a eso con sus hermanos: “Era una figura superior (ser educadora), se le respetaba; ahora ya no. Se ha perdido ese valor”, lamenta.

UNA DURA PRUEBA

Su hija recuerda el primer día al frente de un grupo como la prueba más dura; ni siquiera como luchadora se sintió tan nerviosa: “Fue muy difícil… Tenía dos grupos, kínder 1 y maternal y nunca cambié tantos pañales. En ese momento dije: ‘¿Qué fue lo que hice?, ¿Por qué estudié esto’. Era mucha responsabilidad: Mientras daba clases, cambiaba bebés y dormía a otros”.

Desde entonces supo que los más grandes eran sus preferidos, “ahora doy quinto grado y siento que mi carácter no me ayuda para estar con los pequeños. Con los grandes te dedicas más a dar la clase”.

De vuelta en las aulas ha redescubierto materias que antes odiaba: “Hoy me gusta enseñar la historia, que antes no me gustaba. Lo importante es cómo la cuentas, así que trato de ponerle emoción. Eso lo aprendí con los niños de kínder y es la mejor forma de engancharlos”.

— ¿Qué has aprendido como maestra?

— Tengo dos años dando clases y el ver que eres capaz de transmitir un nuevo conocimiento es algo que te hace sentir bien. Que los papás te agradezcan por ser una buena maestra no pasa mucho, porque si haces las cosas bien no importa, pero si te equivocas estallan.

Pero eso no es lo peor, el maltrato oficial es más duro: “Hay un panorama difícil, pues cada vez hay menos derechos para los maestros. Yo trabajo en una escuela particular y antes llegar a una de gobierno era la solución. Ya tampoco habrá eso y es algo muy triste, pero qué puedes esperar si desde los libros todo está mal, con faltas de ortografía. Esa es la base y es con lo que vas a preparar a los alumnos”.

“El asunto es económico”, apunta la experimentada mentora, “lo único que buscan es quitarnos todos los derechos, que ya no haya jubilaciones y prestaciones que nos hemos ganado. Más que un examen, del que se habla mucho, el fondo es restarnos fuerza como trabajadores. Me duele por las nuevas generaciones”.

— ¿Por qué ser maestro, entonces?

— Quien es maestro es por gusto, por vocación. Hay maestros que no sienten el enseñar y por ellos hemos perdido credibilidad. Hacen su trabajo sin comprometerse, ellos son los que realmente nos hacen mala fama”, destaca la maestra Eli.

No obstante, después de 26 años no pierde todavía la ilusión de levantarse todos los días para ir a la escuela: “Hay niños que te necesitan y te conviertes en su mamá por unas horas. A veces es injusto que nos tachen de flojos, pero se ha demeritado mucho nuestro trabajo porque, además, no sólo te dedicas a los niños, a veces hay que terminar de educar a los papás”.

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