«Ha sido un día tranquilo», un bombero de la estación central cuenta lo que ha visto en sus 25 años de experiencia, que si una vez le quitó unas esposas con equipo especial a un detenido que tenía las muñecas demasiado anchas, que si el incendio de la Merced; antes de que pueda continuar su historia, la chicharra irrumpe en el lugar.
Los bomberos bajan del tubo, como en caricatura o película palomera. Por el tipo de alarma, supieron que la emergencia tenía que ver con una presunta fuga de gas, el tiempo en el acto no se pierde, todos salen corriendo y están organizados para saber dónde se sentarán en el vehículo.
Son dos unidades las que salen, una es la bomba, la otra una camioneta. La dirección ya la lleva en la mano el llamado maquinista, nombre que recibe de antaño, pero que tiene que ver con la ayuda que otorga al oficial, el conductor, para ubicarlo en la selva asfáltica a fin de llegar a Poniente 102 y Sur 117, colonia Gabriel Ramos Millán, delegación Iztacalco.
La velocidad de los autos con rojo brillante supera a la de los carros aledaños, en el camino aprovechan el carril de contraflujo para circular sobre él, librando el claxon de autos particulares, que ven de reojo la huida mientras ellos e quedan varados.
La sirena anuncia y los demás lo dejan pasar, no hay queja de ellos, como si entre unidades se comunicaran. Por radio se escuchan reportes, pero los bomberos parecen no prestarles atención.
El área de la emergencia es cercana y saben cómo llegar, esa es otra de los labores de los vulcanos, conocer el DF para guiar las bombas por el camino más corto. «No es un incendio», exclama un bombero a bordo de la camioneta, sin restarle importancia al hecho, porque lo ocurrido en un minuto puede hacer la diferencia.
Las sirenas escinden la cotidianidad de los vecinos, la curiosidad invade las calles angostas de la colonia, les siguen el paso sólo con la mirada, hasta que los pierden cuando se paran frente a la secundaria diurna número 61.
La urgencia proviene de un taller de carpintería, el cual se abrió hace tres meses en la escuela, a lado es el taller de cocina, por lo que es normal la presencia de estufas. El piso del taller está caliente al tacto, se piensa de una instalación eléctrica por debajo de la loseta, pero nadie, ni el director, ni los maestros, ni la conserje, recuerdan que exista tal circuito en esa zona. Lo primero es estar seguros de esta teoría.
Los vulcanos empiezan su labor, tocan el piso y pican donde la temperatura les cala. Sacan un pico y un martillo, a mano enguantada retiran poco a poco la tierra. «Mira, acá se va sintiendo cada vez más caliente».
Sacan el pico y empieza a lanzarse el tierrero de asfalto a martillazos. El director, Raymundo Lozada, autoriza que se quite lo que sea necesario, el taller tendrá que ser cerrado durante algún tiempo, en lo que el piso recobra su forma original.
Después de varios minutos encuentran un tubo podrido, un cable que ha estado conectado por no se sabe cuánto tiempo. La corriente desconocida hasta ese momento, provocó la alarma entre los alumnos, la solución ahora corresponde a las autoridades escolares, a quienes se les da la indicación de cortar el paso de la luz y ubicar la conexión.
Terminó la urgencia, los uniformados guardan su equipo y emprenden el regreso a la estación, donde permaneces cinco minutos antes de que la alarma se volviera a encender.





