La ciencia históricamente ha reconocido tres estados a la materia: sólido, líquido y gaseoso.
El estado sólido corresponde a las cosas que tienen volumen y forma constantes; se caracterizan por la rigidez y regularidad de sus estructuras.
Los líquidos no tienen forma fija pero sí volumen; la variabilidad de forma y el presentar propiedades muy específicas son una de sus principales características.
Los gases carecen de forma y volumen fijos; cambian de mesura al variar las condiciones de temperatura y presión.
Así pareciera que se percibe el Estado mexicano.
Hay un Estado sólido, aquel que nos refiere la Constitución: instituciones firmes, estables, permanentes. Es el Estado que llena de contenido el discurso de los políticos y aparece en los libros de la historia oficial, que en ocasiones parecieron más manifiestos propagandísticos y monumentos al olvido que verdaderas referencias a nuestro pasado real. Se ha torcido la memoria de los acontecimientos para adaptarla a un deseable presente vendido desde las esferas del Poder con la esperanza de que, en una de esas, pudiera convertirse en realidad.
Líquida es la forma en que se percibe el Estado, variando en cuanto a su extensión pero conservando en algo su esencia. Un Estado que fluye y cambia según las condiciones en cuanto a su expresión, pero manteniendo sus características esenciales de composición y dimensión. Es como se presenta a los ojos de un sector importante de la población, que no obstante de ser inconforme con las acciones del Poder, mantiene la fe y el nacionalismo a flor de piel, manifestado en momentos de crisis como catástrofes naturales o bien cuando la selección nacional juega algún partido. El amor a la patria transita entre ambos extremos, invocando lo esencial de la mexicanidad aun y cuando el Estado cambie constantemente de forma. No importa que entre las leyes y los hechos haya ocasionalmente distancias, la esperanza mantiene la cohesión en lo político y social.
El Estado mexicano, finalmente, más parece compartir las características de los gases. Cambia constantemente de forma, de tamaño, de color e incluso de olor. Huele a pólvora.
Con cada ejercicio presidencial, la ideología del Poder cambia y trata de dar nuevos contenidos a la Constitución, a las leyes, a las políticas públicas. El gran problema es que esas aportaciones no derivan de la reflexión profunda o de la evaluación cualitativa de lo ya hecho. Normalmente se elaboran como parte de estrategias de campaña en busca de un voto qué permita la consolidación de los intereses particulares y la obtención de beneficios a largo plazo que nada tiene que ver con las necesidades del Estado.
Las sociedades se transforman. Es la esencia de lo humano la mutabilidad y el cambio. Sin embargo, el cambiar solo por cambiar no lleva a ningún lado. La definición de objetivos estatales como parte de lo que informa las políticas públicas debe ser la base fundamental de la transición al futuro. Esto es, no debe navegar México sin timonel y sin destino. Sin saber a donde ir, poco importa la ruta.
Por eso se atribuyen las características volátiles de los gases al caso mexicano: esencia cambiante, inestable; apariencia distinta, al arbitrio del gobernante; la idea de un orden jurídico que de pronto se vaporiza y solo con ciertas presiones y temperaturas se mantiene estable e, incluso, visible.
¿Qué tanto deben variarse estos factores para mantener sólido un Estado que se escapa de nuestras manos por todas partes?
@jchessal





