La recuperación posoperatoria del presidente Peña Nieto ocurrió como la pronosticaron los médicos, y salió ayer del Hospital Central Militar después del mediodía. Él mismo, en el estacionamiento de esa clínica de la Sedena, confirmó que mañana se reintegra a las actividades previamente programadas, incluida la recepción oficial de los Reyes de España; que la única restricción médica es no hacer ejercicio y evitar la ingesta de grasa; que no tiene ninguna otra enfermedad; e, insistentemente, que se siente anímicamente muy bien.
Ninguna cirugía es cosa menor aun con los avances tecnológicos de los que ahora dispone la ciencia médica y el presidente Peña Nieto fue sometido a una el viernes a las siete y media de la mañana. Horas antes sufría fuertes dolores abdominales.
Todas las evaluaciones clínicas realizadas en el Hospital Militar llevaron a la conclusión de que se trataba de un cuadro agudo que sólo podía resolverse mediante una cirugía laparoscópica para extirparle la vesícula. La intervención duró 55 minutos.
El presidente Peña Nieto, de acuerdo con el vocero Eduardo Sánchez, no estuvo impedido, en ningún momento, de estar al frente de su responsabilidad, por lo que el mando político y militar del país no fue transferido a nadie durante la operación y convalecencia del primer mandatario.
Esta súbita inflamación vesicular, uno de tantos riesgos de salud a los que está expuesto cualquiera, trae —sin embargo— de nueva cuenta al centro del debate político el tema de la salud de quienes gobiernan. Más aun en el caso del presidente Peña, quien hace casi dos años, el 31 de julio de 2013, también fue llevado al quirófano para extirparle un nódulo tiroideo, lo que posteriormente desencadenó en una serie de especulaciones sobre su estado de salud.
¿La enfermedad debe quedar en el ámbito privado de un gobernante o por la influencia generalizada de sus decisiones, debe ser informada ampliamente a los gobernados? ¿Debe la enfermedad ser un factor determinante, de acuerdo con sus características y efectos, para una eventual revocación de mandato? ¿Deberíamos tener protocolos específicos al respecto para precisar en quién recae la responsabilidad política del país ante una ausencia temporal por enfermedad de un presidente?
Es cierto que hace apenas uno años era impensable que se hicieran públicos episodios de enfermedad de los presidentes de la República. Algunos ejemplos ilustran el hermetismo con que se enfrentaba el tema: Adolfo Ruiz Cortines (1952-1958) sufrió una apendicitis muy al inicio de su mandato. Fue operado por un viejo revolucionario, el doctor Gustavo Baz, al que le impidió que le administraran anestesia total para no soltar, ni unos segundos, los hilos del poder.
Un secreto a voces, pero tema proscrito en Los Pinos, eran las fuertes jaquecas que sufrió, casi al final de su mandato, Adolfo López Mateos (1958-1964). Nadie supo del aneurisma que terminó por matarlo poco tiempo después de que concluyó su mandato.
Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970) sufrió al final de su mandato el desprendimiento de la retina del ojo derecho, expresión de un problema de salud cuidadosamente oculto hasta que se develó cuando el entonces mandatario se dejó ver con un parche posoperatorio.
Esa práctica de opacidad informativa respecto a la salud de los hombres del poder, se fue diluyendo a partir del gobierno de Ernesto Zedillo (1994-2000). El 31 de agosto de 2008 llegó en muletas a la residencia Miguel Alemán e informó que en la víspera había sido operado de los meniscos tras sufrir un fuerte golpe mientras jugaba un partido de tenis con su amigo Oliver Fernández, el tenista del momento.
También Vicente Fox (2000-2006) fue sometido el 12 de marzo de 2003 a una operación en las vértebras lumbares que se convirtió, por cierto, en el pretexto perfecto para que México no se pronunciara a favor de la invasión a Irak que le exigía el gobierno estadounidense de George Bush.
Y Felipe Calderón (2006-2012) sufrió una caída de la bicicleta el 30 de agosto de 2008 en los jardines de Los Pinos, que le fracturó el hombro izquierdo y lesionó la rodilla izquierda.
No se ha tratado de casos mayores que obliguen a la aplicación de protocolos que saquen temporalmente a los mandatarios del ejercicio de gobierno, ni de complicaciones de salud que pudieran incidir en el desempeño de su responsabilidad. Pero faltan aún mecanismos que permitan saber con claridad y suficiencia sobre el estado de salud de quienes los gobiernan. Muchos en el mundo han sido verdaderos enfermos.
(rrodriguezangular@hotmail.com @RaulRodriguezC
raulrodriguezcortes.com.mx).





