Cuando estaba en primaria, uno de mis juegos favoritos era el teléfono descompuesto. Acomodados en círculo, quien comenzaba el juego transmitía un mensaje al oído de la persona de a lado, quien a su vez tenía que comunicarlo íntegro a su vecino. Así la cadena continuaba hasta que el mensaje volvía a quien originalmente lo había transmitido y por supuesto, era frecuente darse cuenta que el mensaje original nada tenía que ver con lo que llegaba al final. Mala comunicación.
Sospecho que este país lleva tiempo jugando al teléfono descompuesto, pero nadie se ha dado cuenta. El fin de semana leí un par de artículos académicos y otro buen número de columnas periodísticas. El primer tipo de lectura es generalmente árido como Matehuala sin lluvia; sin embargo, hay dos que tres estudiosos que encuentran la manera de hacer entendible y simple cualquier tema que les pongan. Está por ejemplo el caso de Enrique Krauze. El hombre no pierde un ápice de datos bien corroborados y análisis agudo, pero es ameno y fluido. Fácil de leer. Además, lleva de la mano párrafo por párrafo hasta caer en una conclusión en la que quizá no estemos de acuerdo, pero será por que se entendió perfectamente cada línea y uno saca sus propias ideas. Hay, por el contrario, académicos que torturan al lector. Eso sí, abundan datos, pero también ideas más rebuscadas que cualquier catedral churrigueresca. Al final, uno ya no sabe lo que leyó, ni mucho menos si entendió o no. Puede ser también que yo, lectora, lector querido, sea bastante bruta. Sin embargo, me inclino a creer que hay quienes piensan que escribir complicado los hace más inteligentes. Quién sabe.
La cuestión es que el discurso político del momento tiende también a ser complejo. Pareciera que quien habla se tragó antes un diccionario e intenta a toda cosa escupirlo. Lo malo es que uno no escoge lo que escupe y sale así, nomás porque sí. Los maliciosos dirán que el arte de engañar comienza con un choro mareador y continúa con el despiste del tema hasta llegar a un resultado planeado que, en caso de ser cuestionado, siempre tendrá la bandera imbatible del “pero acuérdense que yo sí les avisé”, y a uno no le queda más que poner cara de babas y pensar para nuestros adentros “¡Ahhh! ¡Con que eso era lo que quería decir!”. Luego, no habrá más que apechugar y enzoquetarnos lo que venga.
Ahora bien, el problema se complica cuando el hastío inunda a la población y uno ya no quiere ver ni en pintura a cualquier político. Recuerden ustedes las recientísimas campañas. Los pobres candidatos y candidatas se desgañitaban porque la gente escucharas sus spots en los medios, por llenar sus mítines, porque les abrieran las puertas de sus casas y varios de ellos me comentaban cómo sentían el fastidio, la indiferencia. No importaba de qué partido político vinieran, detectaban que en la población había cansancio. Me contaba incluso una amiga que trabaja en medios de comunicación, que la empresa que la emplea había preparado toda una estrategia para cubrir las campañas, misma que después de unos días acabó quedando en papel, dado que no hubo quórum. A la gente no le interesaba mayor cosa.
Podríamos alegar que la culpa reside en ambos lados: en nosotros los políticos por no haber estado a la altura de la población y porque algunos ejemplares de nuestra clase resultan de lo peorcito; pero también podríamos repartir los males diciendo que una población indiferente claudica a su derecho de reclamar tener buenos gobernantes. Lo anterior, creo yo, es completamente falso. La indiferencia complica tremendamente el arte de gobernar, pero jamás debe de ponerse como moneda de cambio al momento de opinar e incluso reclamar. Esto nadie nos lo quita. Nunca. Evidentemente lo ideal es tener a una comunidad constantemente informada e interesada, de manera que cuente con los elementos suficientes para tomar las decisiones que considere adecuadas. Pero los escenarios ideales no existen. Hay que trabajar con lo que realmente tenemos. Y todo parece indicar que estamos sufriendo de un caso severo de teléfono descompuesto: los políticos transmitimos mensajes alejados de la claridad sonora y lógicamente el contenido se distorsiona oído a oído. Creo que es momento de arreglar las líneas, tender el mensaje tal cual es y dejar de jugar este juego absurdo.





