Seguimos con el resto de las “Siete tesis equivocadas sobre América Latina”, texto clásico de Rodolfo Stavenhagen, que cumplió 50 años de publicado en junio pasado y sigue como referente indispensable del análisis sociológico de nuestra realidad.
4.- “La burguesía nacional tiene interés en romper el poder y el dominio de la oligarquía terrateniente”. Como complemento a la tercera tesis (equivocada) de que el capitalismo nacional y progresista tiene que barrer con zonas rurales y atrasadas que obstaculizan su desarrollo, frecuentemente se plantea que la burguesía nacional (que no nacionalista) tiene que confrontarse con los latifundistas y señores de la tierra, contando incluso con el apoyo de la fuerza del Estado para lograr imponerse.
La realidad se ha encargado de mostrar que no se trata de intereses necesariamente opuestos, sino que incluso pueden complementarse y arbitrarse convenientemente por los personeros del Estado del capital, que así como no distingue fronteras… tampoco carteras, y tanto en uno como en otro sector económico (burguesía industrial y aristocracia latifundista) es posible encontrar negocios comunes. Baste con citar la reciente declaración del gobierno mexicano, en el sentido de que “se prepara una “nueva reforma agraria” que, con todas sus letras, dicen que buscaría: “fortalecer los derechos de las empresas privadas que hacen negocios con los propietarios de tierras rurales” (en “Pulso”, sección nacional, 19 de mayo de 2015).
Hay que recordar que la contrarreforma salinista del campo, en 1992, prometió “modernizar” el agro mexicano y terminó devastándolo, con el consiguiente empobrecimiento y éxodo de miles de productores y sus familias, pero eso sí beneficiando a poderosos agro-industriales que, hoy mismo, acaparan mercados y hasta subsidios. Nada garantiza que, ahora, la situación sea distinta; por el contrario, se advierte el propósito último de ahondar el despojo para favorecer los negocios relacionados con la explotación energética, donde por cierto, re-aparecen los intereses empresariales de personajes ligados con el salinismo.
5.- “El desarrollo en América Latina es creación y obra de una clase media nacionalista, progresista, emprendedora y dinámica, y el objetivo de la política social y económica de nuestros gobiernos debe ser estimular la movilidad social y el desarrollo de esta clase”. De entrada, al autor de las “Siete tesis equivocadas…” advierte del uso indiscriminado del término “clase media”, ya que más que una clase social propiamente dicha, sería un “agrupamiento estadístico” por tratarse de un estrato socio-económico que obtiene “ingresos medios” y aún éste último término tendría sus “asegunes”.
Puede ser que haya en ciertos contextos una “clase media” que sea “el motor” de la economía en su conjunto, si nos atenemos al número de sectores ocupacionales que la integrarían o encajarían en ese término, pero habría que precaverse de ubicarla como “dominante”, sea porque no termina de superar la gran masa depauperada de la población, sea distinguiéndola de otros sectores que concentran la riqueza y el poder de decisión económica. Pese a la clase media, dice Stavenhagen, la desigualdad económica se acentúa en América Latina, haciendo cada vez más extremos los polos de la pobreza de muchos y la riqueza de pocos.
6.- “La integración nacional en América Latina es producto del mestizaje”. Se trata de la vieja tesis que se resiste a bien morir, de considerar que el mestizaje biológico y cultural no implica una alteración de la estructura social vigente, cuando en realidad la integración nacional es un proceso objetivo que se deriva de la naturaleza de las relaciones entre grupos sociales y no por efectos de atributos biológicos o culturales de ciertas personas. En todo caso, la integración nacional es también un proceso subjetivo donde todos los sectores sociales, no sólo los mestizos, tienen derecho a alzar la voz, como ha venido ocurriendo, felizmente, con los pueblos indígenas que reclaman el respeto a la pluriculturalidad.
7.- “El progreso en América Latina sólo se realizará mediante una alianza entre los obreros y los campesinos, alianza que impone la identidad de intereses de estas dos clases”. Una alianza de esta naturaleza se ha presentado, coyunturalmente, en condiciones de conflicto revolucionario que obligan a la identidad de intereses de clase subalternas frente a otra dominante, pero incluso puede ocurrir que se confronten si no hay conciencia de clase “en sí” y “para sí”, como decían los clásicos. Pero también ocurre que es muy difícil empatar interese de obreros y campesinos, cuando por ejemplo unos piden mejores precios por sus productos y los otros mayor poder adquisitivo de sus salarios; a fin de cuentas, lo importante, sugiere Stavenhagen, es tener una visión social y política más amplia que permita desmontar, progresivamente, todo ese proceso de “colonialismo interno” que impide enfrentar en mejores condiciones la situación de subdesarrollo que nos ahoga como país y como región. Valga el ejemplo de Cuba, que ha logrado sortear con éxito 50 años de bloqueo económico gringo y, hoy, se apresta a retomar el camino de una relación distinta con el gobierno estadounidense, ni más ni menos.





