Corría el año de 1993, era julio y hacía calor. Yo acababa de cumplir 17 años y estaba recién graduada de la preparatoria. Mis amigos y yo habíamos pasado ya por la que consideré mi primera decisión hacia la vida adulta: elegir una carreara para estudiar en la Universidad. Meses atrás, lo recuerdo bien, estando en la pequeña oficina de Servicio Social del Potosino, mi amigo Daniel y yo llenamos los formatos de ingreso, ambos para la escuela de Derecho. Luego, nos aventamos todos los exámenes y finalmente, esa noche de julio estábamos a un paso de saber si habíamos sido aceptados. Nos reunimos en casa de nuestro amigo Marcos, que se iría un par de días después un año a estudiar a Indiana y que por lo pronto, se había librado de la tramitología de ingreso.
Me acuerdo bien –recuerdo por supuesto que se apoya visualmente en las fotos de ese día- que los chavillos que éramos sabíamos que de alguna manera, todo estaba por cambiar; aunque claro, teniendo la edad que teníamos, la cosa no adquiría solemnidad alguna. Quien sabe por qué cuando uno es joven los cambios resultan emocionantes. Luego, mientras los años se van cargando, la emoción se pierde y los cambios adquieren tonos de trágica seriedad. Pero teniendo 17 años, la Universidad se abría ante nosotros como una tierra inexplorada y nosotros, aprendices de Indiana Jones, como unos expedicionarios ávidos de aventura esperábamos adentrarnos a la selva.
Daniel, Alejandra y yo nos iríamos a Leyes. Luis Antonio, Carlos, Luis Manuel, Beto y Miguel a diferentes ingenierías; Pati a Psicología, Luz Elena a Ciencias de la Comunicación, Angélica a Diseño Gráfico, Sergio a Medicina y Gasca volvería a su tierra natal, Tamaulipas. Maylén y Juan de Dios serían los únicos que estudiaría en una universidad privada y el resto de nosotros –salvo Gasca y Marcos- esperábamos a que la UASLP nos abriera sus puertas. La casa de Marcos era un hervidero de adolescentes que de pronto enmudecieron cuando alguien, ya pasadas las 12 de la noche, llegó con un periódico en mano. La lista de admitidos había sido publicada. Y ahí, todos atrabancados, empezamos a buscarnos. En ese rato no tengo idea cómo reaccionaron los demás, pero sé que en mi hubo una euforia poco usual y me dio mucho calor: ya era una universitaria.
Creo que cada año el domingo en que se publica la lista de admitidos en la Uni, vuelvo un poco a esa casa de la calle de Scop y recuerdo la emoción de aquella noche acompañada de mis amigos. No estoy muy segura de que los chavitos que hoy han sido admitidos lean esta columna. Yo a esa edad no me hubiera leído. Por tanto, no me queda más opción que dedicarme un “querido yo, a los 17 años” y decirme lo siguiente, con la esperanza de que alguien de 17-18 años de hoy, lo lea y que quizá le ayude:
1).-No te azotes. La carrera que elegiste será importante en tu vida, pero no determinante. Moldearás tu vida profesional con una flexibilidad que no tenías a los 17 años. Tendrás dos maestrías en áreas que ni te imaginabas, y en tu vida adulta, seguirás estudiando el doctorado y no, no será sobre Justicia, así que tranquila. No te mortifiques por ser nerd. Lo serás siempre y te va a dejar de importar lo que los demás crean. Relájate, Derecho no es el puno final, es la letra mayúscula del inicio de una oración.
2).- Siempre, siempre vale la pena estudiar y leer, pero contrariamente a lo que a los 17 años crees, no será para acumular conocimientos, sino porque tu mente se estructurará conforme a lo que vayas leyendo. Tu cerebro aprenderá a hacer conexiones que únicamente la lectura provee. Te dará además, como si fuera un bono extra, una buena redacción y decente ortografía. Por cierto, sigue escribiendo. Un día, unos locos de un periódico van a publicar lo que escribes cada semana.
3).- Aprende de tus maestros. No puedo negarte que algunos de ellos te mostrarán justamente la antítesis de la docencia, pero muchos pondrán su alma en el salón de clases y con los años, algunos continuarán siendo tus mentores, tus amigos.
4).- No seas una sabelotodo. Se humilde. Eres una escuincla de 17 años y te falta un mundo por saber, así que escucha.
5).- Sigue siendo amable con todos tus compañeros. Si, son mucho y confieso que no a todos los recordarás, pero habrá siempre lazos con esos extraños y al paso del tiempo, los verás con gusto y disfrutarás sus logros.
6).- Te informo que en México nos enseñan a tragar conocimientos, no a cuestionarlos. Así que no seas tímida, participa más en clase, aunque ello signifique opinar precisamente lo contrario a lo que acabes de escuchar. Los buenos maestros siempre aprecian la buena argumentación.
7).- Diviértete. Ve a más fiestas, baila más, haz más amigos, llena tu corazón y también deja que te lo rompan. No todo es estudio. Todo pasará: las alegrías, las penas. Te irá bien.
8).- Comenzarás a hacerte adicta al café. No sueltes la taza, total, tendremos que moderarnos hasta que cumplamos 39.
9).- Un día, serás maestra en Leyes y el primer año que des clase, te asignarán justamente, el primer salón donde estuviste sentada como alumna en tu primer día de la universidad. Amarás estar en ese lugar, amarás a tus alumnos. Tendrás que tomarte un descanso por un par de años, porque aunque lo dudes a momentos, tendrás responsabilidades laborales que no podrás descuidar.
10).- Procura a tus cuates de la prepa, porque los chavos de esa noche de julio de 1993, seguirán siendo tus amigos entrañables. Los dejarás de ver por temporadas, pero a fin de cuentas, serán tus compañeros de vida. Todos terminarán sus carreras y con sus altibajos, serán exitosos. Por cierto, Pati y Daniel se casarán y contrario a lo que crees a los 17 años, tú también. No quiero arruinar sorpresas, pero te dejo una pista: tu esposo estudió un año en Indiana.
Sea esta una columna que va dedicada a los jóvenes que acaban de entrar a la Uni. Que a los 39 años recuerden esa lista de ingreso con el mismo entusiasmo que tenía yo, a los 17 años.





