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miércoles 8 de abril de 2026

¿En qué nos estamos convirtiendo?

¿En qué nos estamos convirtiendo? Si hay algo en lo que creo, es en las palabras. Creo en su significado, en su intención, en su […]

Yolanda Camacho Zapata

¿En qué nos estamos convirtiendo? Si hay algo en lo que creo, es en las palabras. Creo en su significado, en su intención, en su fuerza. No creo que existan las palabras ligeras. Existen, eso sí, personas ligeras que no conocen el peso de las palabras. Desde hace meses, México se encuentra inmerso en un torbellino de palabras que parece haber cobrado vida propia. Chairos. Fifís. Amlovers. Derechariros. Ciertamente en este país, cualquiera puede decir lo que le venga en gana, pero ¿estamos conscientes de las consecuencias de nuestras palabras? ¿qué le estoy diciendo en verdad a una persona cuando me refiero a ella como “chaira”? ¿qué desprecio arrojo al decir que alguien es “fifí”? ¿buscamos defender una postura ideológica y abrir un diálogo maduro y democrático, o estamos simplemente destilando resentimientos?

Creo que los debates entre adversarios constituyen el punto neurálgico de cualquier democracia. Las ideas más brillantes y los planes mas sensatos son fruto del encuentro de voces adversas. Cualquiera puede sentarse con quienes piensen mas o menos igual y armar sin problemas una conversación que bien puede acabar en una hermosa pero improductiva hoguera de vanidades. Sin embargo, lo realmente interesante es sentarse ante una mesa en donde poco se tenga en común y tener la madurez suficiente para atender a quienes son diversos. Si se logra tener dos gramos de sensatez, se verá que habrá algo, aún minúsculo en apariencia, que logre encontrar el punto exacto en donde se perdió un país. A partir de ese punto es donde puede comenzar a recuperarse.

Después de una contienda tan peleada como la de las pasadas elecciones, era casi natural que quedaran resquicios de desavenencias. Sin embargo, fuera de calmarse las pasiones, la táctica del gobierno federal para combatir el huachicoleo, -cosa que en esencia todos, salvo los huachicoleres, podemos convenir que era necesario- ha abierto aún más la herida. Podemos debatir ad nauseam si la estrategia es o no errada, o si estamos frente a un problema que más bien tiene que ver con la ausencia de mensajes claros que pareciera evidencian una falta de estrategia clara. Pero, ¿eso es de verdad lo que estamos haciendo?

La polarización es un término empleado con un sentido casi literal: posturas tan alejadas como los polos de la tierra. La polarización política no necesariamente es negativa. Debe de ser, más bien, el resultado de las ideas que rondan la democracia. El concepto de país como ente unidimensional, es simplista y errónea. Sin embargo, la polarización causada no por una ideología, sino por asuntos coyunturales puede verdaderamente entorpecer los diálogos de temas a largo plazo, que, a fin de cuentas, son los importantes y no los urgentes. La polarización circunstancial distrae y aleja de los verdaderos temas nacionales.

Claro nos queda que el huachicoleo es un síntoma de una corrupción añeja, sistémica y multipartidaria. El huachicolero nunca actuó solo, ni actuó sin medios. Se necesitaron autoridades cómplices u omisas, transportistas a modo, técnicos que abrieran ductos, bodegueros que conservaran la gasolina resguardada, poblaciones que se hicieran de la vista gorda, clientes que compraran la gasolina en lugares que no eran gasolineras. Y así, podemos seguirnos hacia el infinito y más allá. Sin embargo, habrá que cuestionarnos qué tanto estamos centrando el tema en la consecuencia y no en la causa. Algo similar a debatir el uso del ibuprofeno en un cuerpo enfermo a causa de miles de bacterias. Sí, el ibuprofeno desinflama y quita el dolor, pero no es un antibiótico.

Tomando en consideración lo anterior, un debate necesario debería de excluir frases de apertura como: “A veeer, chairos, entiendan que…”, “Miiiren fifís, si no les gusta…” Porque, ¿qué madurez denotan ambas frases? Sólo aquella de un infante que saca la lengua a sus compañeros en el recreo.

En Ciencias Políticas existe el concepto “heurístico cognitivo” para referirse a estereotipos que los ciudadanos utilizan para “reducir la complejidad del mundo social y poder entenderlo y clasificarlo”(Tversky y Kahneman 1974). En palabras de Torcal y Martini: “También constituyen elementos básicos para ayudar a los ciudadanos a reducir el coste de obtener la información y poder tomar decisiones más o menos razonadas, especialmente en situaciones en donde la información es compleja o escasa (Down 1957; Lupia 1994). Entre estos heurísticos hay elementos identitarios que son esenciales como la identificación partidista o identidades con determinados colectivos.”

Así, el uso de heurísticos como “derechairos”, “amlovers” o cualquier otro, no demuestra otra cosa mas que la reducción simplista de lo que debería ser un debate argumentativo que, a falta de elementos, se cubre con adjetivos que no pretenden intercambiar ideas, sino destilar rencores.

Entonces, si simplificamos los temas y continuamos con heurísticos, ¿a dónde vamos a llegar?, ¿en qué nos vamos a convertir? Porque claro queda que las diferencias ni serán zanjadas, ni se encontrarán puntos comunes; sino que, entre nosotros mismos, ahondaremos las diferencias, nos seguiremos ofendiendo y empujaremos juntos a este país al infierno. Será una responsabilidad compartida. Ni estar a favor del presidente hace zombis, ni estar en contra convierte a nadie en cómplice de los huachicoleros; pero sí nos hace a todos ciudadanos de tercera clase, alejados de la altura que necesita este país. Preguntémonos todos antes de emitir cualquier adjetivo hacia los adversos en qué nos estamos convirtiendo. Si la respuesta es en menos de lo que somos, es momento de cambiar el tono del diálogo.

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