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Miguel R. Valladares García

martes 7 de abril de 2026

El naufragio

Terrible es la imagen que ha dado la vuelta al mundo, donde se muestra el cuerpo inerte del niño Aylan Kurdi, en la orilla de […]

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Terrible es la imagen que ha dado la vuelta al mundo, donde se muestra el cuerpo inerte del niño Aylan Kurdi, en la orilla de una playa en Turquía, después de naufragar la embarcación en la que pretendía llegar su familia a costas de Grecia, huyendo de la guerra civil que ahoga su país, Siria. La fotografía causa tristeza e indignación por la suerte de miles de hombres y mujeres, muchos de ellos menores, que aspiran a llegar a Europa en busca de una mejor calidad de vida. Es un drama que, por supuesto, no es ajeno a la realidad que se vive en este lado del mundo, particularmente en el trayecto que cruza nuestro país para alcanzar el “sueño americano” por parte de migrantes centroamericanos y hasta de nuestros connacionales.

Para documentar el pesimismo, el propio Instituto Nacional de Migración (INM), acaba de informar que, en lo que va de este 2015, ya se ha superado el número de migrantes presentados ante esa “autoridad” con respecto a todo el 2014, registrando en los últimos 8 meses la cifra de 131,196 extranjeros, cuando al cierre del año pasado fueron 127,149, la mayoría de ellos originarios de países centroamericanos (“La Jornada”, 6 de septiembre de 2015). Para el caso de la entidad potosina, la cifra comparativa entre el primer semestre de 2014 y el correspondiente de 2015, registra un fuerte incremento en la deportación y repatriación de migrantes centroamericanos, pasando de 882 a 1,789 (“Pulso”, 7 de septiembre de 2015).

¿Qué es lo que tienen en común estos procesos de desplazamiento forzado de las personas en una y otra parte del mundo? Sin desconocer la complejidad y especificidad de cada caso, así como las diversas circunstancias que se entretejen en los fenómenos migratorios, es dable mencionar una cuestión que, tal vez por elemental, luego nos hace perder el bosque: se trata de una matriz común relacionada con los intereses de acumulación del capital, agudizados en el modelo neoliberal, que se traduce en cruentas guerras por mercados de bienes y servicios entre países y bloques de países, donde la economía estadounidense y sus corporativos trasnacionales llevan la voz cantante, no necesariamente de un modo suave sino, literalmente, a sangre y fuego.

Por supuesto que las variantes suaves y duras de esa incursión imperialista pueden coexistir sin que, por ello, se altere mayormente el efecto de conjunto. En el caso de países como Siria y otros en Medio Oriente, sabido es que la intervención militar gringa que se dio, desde 2011, dizque para instaurar la “paz” y la “democracia”, se ha mantenido como eficaz medida geopolítica de control de los intereses ligados con la producción y precios internacionales del petróleo, aún al costo de exacerbar las resistencias y consecuentes enfrentamientos en la región que, por supuesto, también representan un gran filón de negocios por el tráfico de armas y los contratos de “reconstrucción” que siguen a la devastación.

En el caso de los países de este lado del mundo, la injerencia se presenta más embozada pero firme. El presidente Peña Nieto ha confirmado, por ejemplo, en su tercer informe, que el Banco Mundial (BM) participa en el diseño del presupuesto de egresos del gobierno federal para 2016 (“La Jornada”, 2 de septiembre de 2015); en una clara muestra del avasallamiento acostumbrado que practica el gran capital financiero trasnacional en países subdesarrollados y con economías en crisis. Desde ya, se avizora el derrotero económico y político que seguirá nuestro país con los dictados de esa institución (BM): mayor astringencia de recursos a la producción en aras del fomento a la especulación y, por supuesto, mayor alineamiento a las políticas imperialistas del gobierno estadounidense. El presunto apoyo del BM a las economías en crisis frecuentemente se acompaña de la imposición de medidas de ajuste para el grueso de la población, como pre-requisito para “sanear” las finanzas y garantizar los fondos que pueda prestar… basta preguntarle a los griegos, a quienes se dobló las manos (con todo y referéndum que rechazó las draconianas medidas de negociación con la Unión Europea), de alguna manera por la presión de estos organismos financieros internacionales.

Otro caso más es el que nos recuerda Asa Cristina Laurel (“La Jornada”, 2 de septiembre de 2015), acerca de la administración privada de los fondos de salud, luego de que en 1998 el gobierno mexicano firmó con el BM un préstamo para crear organizaciones administradoras que comprarían servicios de salud para afiliados al IMSS. El proyecto naufragó, pero ahora se retoma ese propósito de mercantilizar el acceso a los servicios de salud “en función de la capacidad de pago, segmentando más el sistema”. Por mera “coincidencia”, resulta que salud y educación se contemplan como áreas en las que el presupuesto de egresos 2016 (sugerido por el BM) será severamente recortado (más de 400 mil millones de pesos, en conjunto). En fin, el naufragio de la economía internacional tiene su razón (política) de ser, puesto que la “economía política” no trata de la relación entre personas sino entre cosas y, en esa medida (lamentablemente), la libre movilidad de la fuerza de trabajo, incluso infantil, se toma como mercancía que va y viene.

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