Estuve pensándolo detenidamente. He decidido que no quiero convertirme nunca en una prócer de la patria. Así que cuando me muera, lectora, lector querido, ahí le encargo que no erijan monumentos en mi nombre porque os aseguro que dicha efigie, si se respeta mi estatura tal cual es, será tan pequeña que lo único que logrará es que la gente tropiece con ella. Se causarán accidentes innecesarios y rodillas serán raspadas. Seré recordada como “Yolanda, la rasparodillas del Potosí.” Entonces, mis pocos méritos serán olvidados y únicamente seré recordada por el daño que causé post mortem.
Dejen ustedes, los próceres acaban siendo referencia, pero no de lealtad, honradez o heroísmo; son señalética finolis: -“Oye bro, ¿cuál calle es Vallejo?”-para responder- “Tsss, pues es la de la cabezota de Juárez”-, o -“¿Dónde nos vemos mi flaca?”– “Ps a las once, ahí en la banca de a lado de la estatua del Jardín de San Francisco”-,”-¿La de Juan del Jarro?-“ “-Nombre, la del uniformado-“ y “¿Dónde le doy vuelta?”- -“Ahí en la glorieta donde está el mono sentado, ¡La del parque de Morales!”. No, no conviene ser prócer.
Súmele usted a esto que estaría eternamente condenada a usar la misma ropa. No, no me juzgue de vanidosa, que créame que eso de ir de shopping por ropita me causa escozor. Me salen ronchas rojas bien feas cada que oigo que la diversión de alguien consiste en ir a un centro comercial para pasear en tiendas y gastarse la quincena. Eso sí, admito que cada cinco años y medio me entra un no se qué que qué se yo y me veo presa de una ráfaga entusiasta por comprar cualquier prenda que esté en descuento y que me quede. Es más, el pantalón es mío si no tengo que mandar a hacerle la bastilla. Mi espíritu se llena de gozo si no tengo que ir con la costurera a que me corte los veinte centímetros de tela de más que usan las mujeres de estatura promedio. Sin embargo, de esa racha pasajera a tener que condenarme a vivir eternamente con un vestido cualquiera, es distinto a estar hasta el fin de los tiempos con el paliacate de Morelos, la levita de Juárez, el uniforme de Iturbide o bien, el chongo-trenza de doña Josefa, quien por cierto, siempre está de perfil.
Creo que me revolcaría en la tumba si causara yo una de esos micro caos llamados “Comité de Festejos”. Me imagino a cinco personas, todas desconocidas entre ellas y sobre todo, desconocidos míos, teniendo que organizar un presupuesto con ciertos planes para los festejos conmemorativos de mi nacimiento, endulzado mi bien llevada y por tanto aburrida biografía para que suene emocionante. Dijo Villoro que una epopeya se entiende mejor contada como chisme, sin embargo, el Comité de Festejos es serio, requiere de muchas palabras que nadie entiende y yo, que disto del protocolo, acabaría atrapada en una versión solemne de mi misma. Que Dios libre a esas pobres almas ficticias de tal suplicio
De plano no podría soportar ver grabadas en letras doradas cualquiera de las tarugadas que he dicho. Dejen ustedes eso, resucitaría de indignación al ver en Facebook una frase bien acá que jamás dije, así como suelen hacerlo con un montón de autores fregonazos que ¡pa´ maldita su suerte!, escribieron un chorretal de cosas muy inteligentes y ¡zaz! les atribuyen cualquier cosa estilo motivacional-cursi-fuchi. Me acordé de alguien a quien conocí recientemente. Honor a quien honor merece, tiene un vocabulario extensísimo. Colecciona adjetivos como quien colecciona botones de mercería. Después de escucharlo hablar por más de media hora de corridito, sentí que la silla me calaba: hacía tanta gala de su perfectísimo lenguaje, que luego luego pensé “¡Este tipo tiene espíritu de prócer!” Y me imaginé al cura Hidalgo recitando muy inspirado odas a la patria.
A estas alturas seguramente usted, lectora, lector querido, ya anda pensando que se colapsó mi laberíntico cerebro y me hizo creer que tengo algún mérito como para llegar a ser una prócer de la patria. Descuide usted, que mi masa encefálica se encuentra en perfecto –como si tal cosa existiera- estado. Además de que, seamos honestos, hay próceres cuyo único mérito fue morirse a tiempo y ya. Lo que pasa es que después de escuchar al hombre con vocación de prócer por un buen rato, ya andaba yo bastante mareada y no pude mas que desconectarme y orearme cavilando las inconveniencias de ser ilustre personaje y correr a mi sillón de los domingos a escribir para usted esta columna que nada tiene de heroica pero que espera, por lo menos, ser más divertida que cualquier prócer de la patria.





