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Miguel R. Valladares García

miércoles 1 de abril de 2026

Censura

Apenas la semana pasada me refería en este mismo espacio a la manera en que las personas que ejercen o pretenden ejercer el poder público […]

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Apenas la semana pasada me refería en este mismo espacio a la manera en que las personas que ejercen o pretenden ejercer el poder público utilizan la propaganda para posicionarse entre la gente, y de cómo al estar absolutamente carentes de ofertas reales para el bienestar colectivo optan por enlodar a quienes les criticamos.

Desde que el poder lo ejercen los medianos y los corruptos, la práctica lodera ha escalado hasta convertirse en un surtidor de heces, eso tiene lógica, porque un mediano siente que todos los demás están por encima de él, y teme que le exhiban o que le echen del poder merced sus incapacidades y cortedades intelectuales; los corruptos saben que son criminales, que todo su actuar exuda un hedor insoportable e inocultable, que tarde que temprano serán descubiertos, y sus crímenes denunciados.

Usted sabe que por pudor nunca me he presentado como periodista, pero sé que lo soy al opinar en un medio escrito como Pulso Diario de San Luis, o en los electrónicos como EmsaValles y Astrolabio Diario Digital; antes lo hice también en los noticieros radiofónicos que conducía Juan Carlos Ortiz en dos distintas estaciones de radio, han sido ya 13 años desde que fuera invitado por el enorme periodista Juan José Rodríguez a escribir mi opinión, y desde entonces, salvo un interregno penoso de casi 2 años –en el que temí por mi vida tras recibir amenazas de unos mafiosos, hoy empoderados formalmente en nuestro San Luis– cada sábado he cumplido mi compromiso de ser sincero, honesto y propositivo; lo he hecho con todas mis fuerzas.

Por la crianza ejemplar de mis más admirados seres humanos, mis padres, don Leonel y la maestra Gloria, me inserté en la heroica lucha encabezada por el doctor Salvador Nava Martínez; ahí adquirí varias indeclinables convicciones: que la honradez no es una opción, sino una obligación en todo bien nacido; el tener integridad y unidad de vida, es decir ser uno mismo en todos los momentos de nuestra existencia, y en la toma de todas las decisiones; que los puestos públicos no son una meta, ni siquiera necesarios, sino el servir al pueblo para que logre la felicidad a la que tiene derecho inalienable, y hacerlo desde nuestra posición ordinaria y con humildad, sin aspavientos, sin buscar medallas; el valor de la verdad, porque no mentir es imprescindible para servir a los demás y agradar a Dios; y a no callar frente a una injusticia, tampoco frente a la tortura de la ley, y mucho menos frente a los crímenes, aún a riesgo de ser objeto de burlas, ataques, vejaciones, víctima de infamias e incluso el daño físico y la muerte misma.

Ese soy, y dispense que suene sobrado y pagado de mí mismo, se lo digo hoy no para obtener un coro angélico de loas, sino para tener el sustento que permita explicarle por qué no hay modo de que me silencien en forma permanente, sí de que me obliguen a callar temporalmente, como lo han hecho, pero no sin resistencia, no sin buscar caminos para volver a alzar la voz.

En estos días, desde que en un comentario radiofónico fui torpe –usé una definición genital para referirme al género, sólo al femenino, y lo asocié indebidamente a las virtudes del intelecto–, fui objeto de una de las reacciones más desquiciadas y desproporcionadas de parte del poder, de algunos delincuentes que hoy detentan el poder público.

Esos mafiosos iniciaron una embestida furibunda que quiso hacerse pasar por la defensa al derecho que tienen las mujeres a no ser discriminadas por el hecho de serlo, pero que visto su contenido y alcances no era tal, sino que el verdadero objetivo de todas esas acciones es callarme.

Usando la justa incomodidad de una congresista y de algunas mujeres de buena fe, primero usaron la Máxima Tribuna del Estado para insultarme y destruir la consideración que de mi persona como periodista de opinión pudiera tener la ciudadanía; convirtieron al Honorable Congreso de San Luis Potosí en una vergonzosa Asamblea de vagos; tornaron inicua la dignidad republicana de cada diputado en medio de brutales expresiones propias de bravucones y villanos; convirtieron la Sala de Plenos de nuestra Soberanía Popular en un burdel verbal para obligarme a callar, para censurarme.

Luego presentaron quejas, doy por cierto que algunas genuinas en defensa de la dignidad femenina, y otras interesadas en silenciarme usando a las instituciones públicas.

Y en seguida la cascada de lodo, de podredumbre, de detritos sobre mi persona, usando la pluma en renta de personajes impresentables, sedicientes periodistas –no lo son, quizás lo fueron, pero hoy son una deshonra– en realidad gatilleros a sueldo, sicarios formados para atentar en contra de las libertades y promover el silencio que sirva de cómplice a los peores latrocinios.

Usando las llamadas “redes sociales” y los servicios de mensajería a través de teléfonos celulares siguieron reproduciendo la agresión, batiendo el mismo estiércol, ese que los políticos corruptos excretan cuando piensan y cuando hacen política.

En el decurso de mi ejercicio como periodista de opinión he dejado constancia de mi firme y claridosa oposición a toda forma de corrupción, pero también a la personificación puntual de la corrupción y de la deshonestidad o el abuso por parte de los detentadores del poder.

He clamado porque cese la inseguridad y concluya el enseñoreamiento del crimen, exigiendo que se revise si el Estado ha sido infiltrado y que se investigue si algunos políticos están a sueldo, o bajo amenaza de los malos.

He señalado a los propios criminales, a sus socios en la política, los que descarados se pavonean por nuestras calles, y he puesto mi persona por delante, subido en un banquito frente al Palacio de Gobierno para que cesara la violencia criminal que ha costado y sigue costando la vida a miles de potosinos

Y en el marco del reclamo de los medios de comunicación nacionales y regionales para que el Estado garantice la libertad de expresión y por ende el ejercicio sin ataduras del periodismo, es que hoy le llamo la atención sobre todo ello, para dejar constancia que no me callarán, y que aunque les tengo miedo por el poder del que abusan, le tengo más miedo a la opresión y a la iniquidad.

El requisito indispensable para una democracia genuina, sana y provechosa, es la necesaria existencia de una prensa imposible de forzarla al silencio, sin sujeciones, sin amenazas, sin violencia, sin muerte.

Ingenuidades

Las mentiras, las injurias, las expresiones de odio que algunos han proferido en referencia a mi, no tienen la capacidad de lastimarme; me lastima profundamente que en el fondo reflejan el odio que sus emisores le tienen a la verdad, a la dignidad humana, y a la república democrática en la que la mayoría de personas buenas soñamos vivir.

lamanoizquierda2016@gmail.com

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