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Miguel R. Valladares García

lunes 13 de abril de 2026

Años de tormenta

Faltaban unos quince minutos para aterrizar cuando el capitán anunció que nos abrocháramos los cinturones de seguridad: en Monterrey había tormenta y nosotros sentiríamos los […]

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Faltaban unos quince minutos para aterrizar cuando el capitán anunció que nos abrocháramos los cinturones de seguridad: en Monterrey había tormenta y nosotros sentiríamos los efectos de una “ligera turbulencia”. Mal se escuchó el timbre que notificaba el fin de la comunicación, cuando empezamos a sentir que el avión se sacudía cual si estuviéramos en terremoto con movimientos trepidatorios. Yo trataba de mantener la calma y pescarme del descansabrazo como si en caso de que el avión se cayera, el objeto fuera a proporcionarme un par de alas salvadoras. La señora detrás de mi comenzó a recitar en voz alta: -“¡La sangre de Cristo está en la lluvia! ¡Tú eres la tormenta, Señor! ¡Tus rayos caerán sobre los pecadores!”- Ahí fue donde me preocupé, porque santa, lo que se dice santísima no soy, y la mujer andaba dando tips con coordenadas específicas. En quince minutos sudé toda la grasa que me comí en Sonora, mientras a manera de mantra repetía para mis adentros “peores tormentas he sobrevivido.”

Seguramente usted como yo, lectora, lector querido, ha tenido sus propios años de tormenta. Yo he tenido tres en mi vida. Uno, hace ya varios años y otros dos más recientes. Nomás le cuento que en el 2014 acabé los horrores asistiendo a nueve funerales. Eso, mas otras chuladas. Sin embargo, pocas cosas más fascinantes que ver de primera mano los embates de una tormenta. Mientras la mujer del asiento trasero invocaba al dios del Antiguo Testamento (ese que es vengativo, rencoroso y sanguinario) yo pude ver rayos enormes con despliegue de luz horizontal. Parecían las ramas gigantes de un árbol con raíces en el cielo. Las nubes, que tomaban tonos desde azul claro hasta púrpura, entregaban un fondo bello que contrastaba con el miedo que reinaba adentro del avión. No tuvimos paz el resto del vuelo.

Recordé los años de tormenta de Winston Churchill. Contrario a lo que pudiésemos pensar, la Segunda Guerra Mundial puso al británico en su elemento. Sus años más difíciles fueron anteriores, cuando por diez años, de 1929 a 1939, Churchill vivió en el aislamiento político. Fue obligado a dejar el gabinete y sus opiniones comenzaron no sólo a ser ignoradas, sino atacadas, muchas veces sin razón y por parlamentarios que únicamente buscaban vengarse de quien a todas luces era mucho más inteligente que ellos. Lo acaban porque podían, porque ahora estaba en una posición vulnerable y sin el respaldo que suponía formar parte del gabinete. Sin embargo, Churchill conservaba su asiento en el parlamento y aunque ahora ocupara la segunda fila en la cámara de debates, sus discursos se volvieron mucho mas consistentes, tremendamente bien argumentados y con la solidez de quien escribe calibrando cada palabra. Además, su natural ironía y el sentido del humor negro que conservó a hasta la muerte, daban a cada discurso un toque que lo hacían imperdible. Sin embargo, Churchill no era del todo feliz.

En esos años, Alemania comenzaba a formarse ya como una potencia militar a la vuelta de la esquina de la casa inglesa. Churchill, militar con experiencia y estratega nato, veía venir un problema que desembocaría en la guerra que finalmente se padeció. Desesperado ante la inactividad del gobierno inglés, el parlamentario Churchill trataba de advertir riesgos y generar programas. Pero no era escuchado. No hasta que comenzó a fundar sus piezas de oratoria con datos tremendamente precisos sobre las debilidades del ejército inglés y proporcionaba información sobre los avances alemanes en otros frentes.

Martin Gilbert, el historiador que más ha trabajado al personaje, investigó de dónde provenía la precisa información que Churchill daba a conocer, misma que sin duda alguna ayudó para que a través de la presión de la opinión pública, se tomaran acciones de defensa y ataque. Leyendo minuciosamente una incontable cantidad de documentos y atando cabos entre uno y otro, encontró por lo menos seis personajes que de manera separada y al trabajar en diferentes instituciones como el propio ejército, la embajada inglesa en Berlín y la oficina del primer ministro, arriesgaron sus trabajos para entregar información privilegiada y que finalmente se tomaran acciones para la defensa inglesa, dado que era claro que Alemania atacaría eventualmente a la isla. Churchill mantuvo un estricto pacto de secrecía con ellos y a finales de los años sesenta, cuando Gilbert rastreó las pistas de estos hombres, pudo encontrar a algunos supervivientes quienes aún con reservas confirmaron ser las fuentes de esos datos. Gilbert concluye que los años hostiles de Churchil no fueron terreno inhabitado, sino que fueron plenos y fértiles gracias a estos seis hombres. El inglés supo encontrar belleza dentro de la tormenta.

Quise besar el suelo regiomontano al momento de bajarme del avión, pero lluvia y el viento estaban a todo lo que daba y tampoco se trataba de parecer el papa Francisco. Me comí, para el susto, una de las coyotas (es un panecito-galletoso relleno de piloncillo) que compré en Sonora y agradecí haber vivido otra tormenta.

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