Jesús Reyes Heroles G.G.
El Grupo Huatusco se reunió la semana pasada y se volvió a plantear la pregunta
que motivó su creación hace 12 años: ¿por qué la economía mexicana
no crece? Esta reunión fue muy pertinente, a la luz del mal desempeño de
la economía durante 2013 y en lo que va de 2014. Luego de precisar los méritos
y deficiencias de las reformas estructurales que impulsa el presidente
Enrique Peña Nieto, concluyó que es necesario revisar los fundamentos
“macroeconómicos” del crecimiento económico.
En ese contexto, es útil volver a afirmar que hoy la causa principal del
lento crecimiento es la falta de ímpetu de la inversión privada, cuya importancia
ha aumentado de manera sustancial: en 2013 representó 17.2%
del PIB, en comparación con 10% en 1993. Por su parte la inversión pública
representó 4.8% del PIB en promedio 2001-2013. La importancia de la
inversión privada deriva, primero, de que representa 13.1% de la demanda
agregada y, segundo, de que es factor determinante para ampliar la capacidad
de producción y la oferta agregada.
Hoy el INEGI publicará estadísticas acerca de su comportamiento durante
el primer trimestre del año. Sin embargo, indicadores oportunos permiten
anticipar que la inversión privada ha mostrado un desempeño muy
insatisfactorio, en contraste con la inversión del gobierno federal, que a
tasa anual aumentó 46.5% durante el primer trimestre.
En enero-marzo, la importación de bienes de capital ascendió a 9 mil
209 millones de dólares (mdd), en comparación con 9 mil 079 en 2013 (incremento
de sólo 1.4% anual). La inversión extranjera directa ha observado
niveles decepcionantes y cada vez
menores, de 8,129 mdd durante el
primer trimestre de 2013 a 5,820
el primer trimestre de 2014.
Diversas causas explican la atonía
de la inversión privada. Primera,
las modificaciones fiscales
a partir de este año eliminaron
la depreciación acelerada, lo que
constituye un desincentivo importante
para las empresas. Ahora,
la mayoría de la maquinaria y
equipo puede depreciarse en ocho
años, mientras que antes se permitía depreciar altos porcentajes del monto
de la inversión de manera anticipada. Si bien ocho años parecen muchos,
dada la velocidad e intensidad del cambio tecnológico en muchas industrias,
los trenes de producción se vuelve obsoletos más rápidos, por ejemplo,
en la industria automotriz y autopartera. El nuevo plazo para depreciar
el equipo no permite recuperar la totalidad de sus costos, en específico,
aquéllos de la inversión en maquinaria y equipo. Eso desincentiva la inversión.
Segunda, el justificado acotamiento del régimen de consolidación
fiscal tiene un efecto similar. A esto se agregan grandes retrasos en la devolución
del IVA por parte de SHCP.
Tercera, el bajo nivel de crecimiento se retroalimenta y crea un círculo
vicioso: las perspectivas de demanda futuras, sobre todo internas, se deterioran
y por tanto, se perciben como innecesarias inversiones hoy, que no
se utilizarán a plena capacidad hasta años después. Cuarta, a pesar de los
nuevos objetivos y de la “liberación” operativa de la banca de desarrollo, ésta
no ha regresado a financiar a largo plazo proyectos de inversión. Todavía
no se erradica la preferencia por el “factoraje” que, en el mejor de los casos,
sólo proporciona capital de trabajo. Quinta, México perdió atractivo para
los inversionistas extranjeros en comparación con otras economías. Una
adecuada instrumentación de las reformas adoptadas ayudará a volver a
colocar a México en un sitio prioritario para inversión extranjera directa;
sin embargo, eso requiere atención expresa y tiempo.
Sexta, por todo lo anterior, el ánimo de los inversionistas es malo, y se
agrava por su “molestia” con el gobierno por lo que consideran desatención
hacia ellos. Que los empresarios se sientan desatendidos y con falta
de interlocución no es un asunto menor y demanda atención inmediata
del gobierno.
Debido a las reformas impulsadas en la administración actual, México
tiene por delante una gran oportunidad para recuperar un crecimiento
económico acelerado, a partir de una inversión total, pública y privada,
muy superior a la observada durante más de una década. Es una oportunidad
que nadie puede dejar pasar, por lo que corresponde a todos hacer un
esfuerzo para que la inversión privada, nacional y extranjera, se reanime.





