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Miguel R. Valladares García

miércoles 8 de abril de 2026

Máxima mínima

Don Hamponio, el narco de la esquina, era buscado por la policía. Un agente investigador se apersonó en su domicilio y preguntó por él. Le […]

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Don Hamponio, el narco de la esquina, era buscado por la policía. Un agente investigador se apersonó en su domicilio y preguntó por él. Le informó la criadita de la casa. “El señor no está”. Inquirió el sabueso: “¿Conoce usted su paradero?”. “¡Oh no! -se ruborizó la muchacha-. Eso nada más su esposa”… No cabe duda: la máxima magistratura se ha vuelto mínima. De un presidencialismo absoluto hemos pasada a una ausencia alarmante de poder presidencial. Eran malos aquellos tiempos de un presidente todopoderoso, pero igualmente nocivos son los tiempos de hoy, en que la autoridad del Ejecutivo se ve desdibujada. A mi parecer la disminución del poder presidencial fue consecuencia de la alternancia: en los sexenios de Fox y Calderón se permitió que los gobernadores salidos del PRI instauraran en sus respectivas entidades gobiernos prácticamente autónomos de la Federación, con lo que se creó una “feuderación” en la cual cada gobernante local hacía y deshacía a su antojo. De ahí las deudas colosales en algunos estados -el mío entre otros-; de ahí la dispersión completa de la autoridad. Desde siempre los mexicanos hemos estado regidos por una extraña ley del péndulo: de un extremo pasamos a otro sin hallar nunca el punto medio. Del autoritarismo hemos pasado a la falta de autoridad. Salimos del dominio de un partido para entrar a la dominación de todos. Padecemos ahora una partidocracia que ha empobrecido la vida pública del país y la ha dividido en cuotas que se reparten en burda connivencia los partidos. Alguien dijo que tenemos mucha política y muy poca administración. Habría que decir que tenemos sobra de politiquería y falta absoluta de administración pública. De ahí los muchos males que sufrimos. De ahí los pocos bienes que gozamos… Dos compadres bebieron algunas copas de más y entraron en el riesgoso campo de las confidencias. Le dijo uno al otro: “Quiero que sepa, compadre, que lo odio”. “¿Por qué?” -se alarmó el otro. Respondió el primero. “Porque me enteré de que tuvo usted la intención de fugarse con mi esposa”. “Es cierto -admitió el otro-. Pero no lo hice”. “¡Pues por eso lo odio!” -rebufó el compadre… La esposa de don Languidio Pitocáido comentó con tristeza viendo a su marido: “¡Lo que hace el tiempo! ¡Lo que ayer fue para mí fruto prohibido ahora es fruta seca!”… Los recién casados inventaron una forma de ahorrar para sus vacaciones: cada vez que él le hacía el amor debía poner 100 pesos en una alcancía. Llegado el tiempo el marido la abrió. En ella estaban los billetes de 100 pesos, pero los había también de 500 y hasta de mil. Le dirigió una mirada interrogativa a su mujercita. Explicó ella: “No todos son tan agarrados como tú”. FIN.

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