Rodolfo Flores
D esde hace varios años hasta nuestros días en México, y muchos países del mundo, corre una leyenda negra en torno a la política y quienes la ejercen. Como lo demuestran las encuestas de cultura política que se han levantado en los últimos años en nuestro país, para la gran mayoría de los ciudadanos la política es una actividad ejercida por pequeños bribones codiciosos y canallas que lo único que buscan es su beneficio personal.
La historia de terror no es nueva, durante varios lapsos del siglo XX estuvo auspiciada en gran medida por los regímenes autoritarios, con la finalidad, entre otras, de alejar la mirada de los ciudadanos de los asuntos públicos, de tal forma que el vacio de observación y rendición de cuentas les permitiera hacer y deshacer sin limitante alguno, ejerciendo el poder absoluta y patrimonialmente.
Hoy el combustible que alimenta esa leyenda negra ya no son los regímenes autoritarios, pero al igual que en el pasado, siguen siendo truhanes, pero ahora con piel de demócrata que descubrieron que podían acumular riquezas y poder si abrazaban el oficio de la política, aunque ello les requiriera despojarse de toda vergüenza y aceptar que la moral es una árbol que da moras, como apuntara nuestro famoso Alazán Tostado.
Aunque hoy en día es posible enterarse más o menos como se comenten abusos de poder, gracias a las nuevas legislaciones de transparencia y acceso a la información pública, eso ya no importa, porque ahora como ayer la impunidad es la reina de la noche.
Poco importa que hayan quedado al descubierto los montos de la defraudación, las nominas abultadas y el deterioro de las arcas públicas, pues al fin que al igual que como ellos lo hicieron en su momento, los que ahora han tomado el control de las instituciones dejarán para la anécdota y la chabacanería la lista de irregularidades y tropelías descubiertas, pues arrieros son y en el camino andan.
Ante este paramo, cabe preguntarse, cómo fue que llegamos a este punto en tan solo unos cuantos años, no más de 20; cómo explicar una caída tan vertiginosa, de tal forma que en un corto lapso de tiempo hayamos pasado de la esperanza que traía consigo la alternancia, la naciente democracia y el poder de los ciudadanos, al que parece ser el tiempo de los canallas y sinvergüenzas.
Me parece que en gran medida debemos esa bien ganada leyenda negra de los políticos y la política a la combinación de dos factores. Primero, y quizá el más importante en nuestro caso, a la escasa altura de miras de muchos improvisados políticos que llegaron para cambiar el status quo y terminaron por prácticamente no cambiar nada.
Ha sido el tiempo de los hombres públicos que no supieron contralar sus pasiones y ambiciones, que no quisieron correr el riesgo de cambiar las cosas de fondo, y que finalmente simularon enfrentar a los enemigos del país, pero que finalmente terminaron durmiendo con ellos.
Segundo, me parece, como bien apunta Vargas Llosa en La Civilización del Espectáculo, este deterioro de la vida pública también se la debemos a la cultura del escándalo que nos envuelve en nuestro tiempo, la propensión de los medios de comunicación, y de la sociedad, en resaltar lo peor de la política y los políticos, esa “frenética búsqueda del escándalo y la chismografía barata que se encarniza con los políticos…(y) que lo mejor que se conozca de ellos sea solo lo peor que pueden exhibir”.
Sin duda, creo que la política es la mejor forma que hemos encontrado los humanos para organizar nuestra vida púbica, y que aun hay muchos ciudadanos con la capacidad de encabezar un proyecto político que vea realmente por el bien común, que tengan el talento de configurar un movimiento capaz de atraer a ciudadanos horrados que tengan la madurez suficiente para dirigir las instituciones políticas e imprimirle una bocanada de aire fresco a nuestra cabizbaja democracia.
Me parece que aun es tiempo de contrarrestar esa leyenda negra, pero eso sólo será posible en la medida que hombres y mujeres sensatos den muestras fehacientes de que pueden cambiar las cosas, de que con sus acciones y coherencia le impriman pinceladas de decencia a la política, y a su vez, le cierren los espacios a la prensa del escándalo que seguirá acechando.





