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Miguel R. Valladares García

sábado 18 de abril de 2026

La política no lo es todo

“Los niños enseñan las cicatrices como medallas. Los amantes las usan como secretos a revelar.” dice Leonard Cohen. El mundo contemporáneo parece no estar de […]

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“Los niños enseñan las cicatrices como medallas. Los amantes las usan como secretos a revelar.” dice Leonard Cohen. El mundo contemporáneo parece no estar de acuerdo con él; la presión social prohíbe las cicatrices porque inhibe la posibilidad de aceptar una herida.

Todos debemos ser perfectos, tener las opiniones adecuadas, creer en las causas correctas, dedicarnos a lo nuestro; no salirnos nunca de la línea. El ecosistema contemporáneo está construido de ese modo, en Instagram debemos enseñar lo maravillosa que es nuestra vida, en Twitter lo brillantes que son nuestras opiniones, podemos por momentos ser agresivos pero jamás vulnerables.

Cuando tenía quince años, mis papás me regalaron un libro sobre el universo. En la parte de atrás una lista revelaba el nombre de las estrellas por su lejanía de la tierra. Me gustaba memorizar el nombre de los astros más distantes e inventar sus historias. Entre ellas había una que era mi favorita: Aldeida. La idea era sugestiva, aunque no pudiera verla, Aldeida estaba ahí en algún rincón de la noche.

Los escritores tenemos una tendencia a novelizar todo. En ocasiones nuestras propias vidas son víctimas de ello. Hace dos años todo parecía ir bien; acababa de visitar a mi novia en su país y le preparaba una gran sorpresa: había conseguido trabajo allá y me iría a vivir con ella.

El error del escritor suele ser que su visión está sesgada por su perspectiva, pero todas las historias tienen dos puntos de vista. Mientras yo me ocupaba preparando los pormenores de mi gran sorpresa, me volví distante. Desde mi óptica hacía todo para acercarme, desde la suya, me alejaba más y más. No hay cómo echar culpas; dos semanas antes de mudarme, me habló por teléfono y acabó la relación. Tuve que irme a su país, pero nunca pude darle la sorpresa.

Admiro a los escritores que pueden conllevar estas situaciones con la elegancia del lenguaje escrito; a mí me parece que a veces las palabras necesitan melodías que las liberen. Afortunadamente sé tocar la guitarra; durante años compuse canciones, pero nunca pensé que el refugio tuviera algún tipo de valor.

Cuando ella acabó la relación, yo tomé la guitarra y me puse a componer. La música salió instantánea, desgarrada. Había muchos fantasmas acumulados, demasiada estática.

Canté un coro desesperado pero transparente y en los siguientes días mi amigo Daniel y yo le dimos forma: “y cuando quise regresar, tú ya amabas a alguien más, nunca quise ser tu estrella fugaz.” Cuando acabamos, Daniel se volteó sorprendido; “Suena increíble ¿Qué más tienes?”

Por Emilio Lezama

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