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Miguel R. Valladares García

sábado 4 de abril de 2026

Inmortales

“Hay una sola idea superior en la tierra: la de la inmortalidad del alma humana. Todas las demás ideas de las que puede vivir el […]

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“Hay una sola idea superior en la tierra: la de la inmortalidad del alma humana. Todas las demás ideas de las que puede vivir el hombre surgen de ella”, escribió Fiódor Dostoievski. Todos somos inmortales, o lo fuimos, o podemos serlo pero una buena mayoría no tenemos la capacidad de imaginarlo siquiera. Miguel de Unamuno aseveraba: “cuando somos niños, al no saber que se muere, fuimos inmortales”. Y sí.

Hacemos inmortales a quienes recordamos para ponerlos en el altar del Día de Muertos, aunque sea por unos días. Ya los pienso: activo mis memorias. Están aquí. Todos vamos para allá, ya están descansando, nos decimos en los velorios. No es lo mismo aventarse como el Borras que sentirse inmortal. Sonrío mientras escribo sobre este tema: es divertido saberse finito aunque uno esté muy grueso. Como dijo Schopenhauer:

“El desear la inmortalidad para el individuo es realmente lo mismo que desear perpetuar un error por siempre; porque en el fondo cada individualidad es realmente sólo un error especial, un paso falso, algo que mejor no sería, de hecho, algo de lo cual el propósito real de la vida es el sacarnos”.

Hay inmortalidades de varios tamaños. Inmortalidades que duran una semana, un mes, un instante, qué más da. Para una persona o para la humanidad o, a medio camino, para cierto grupo. Ya hemos visto en esta columna lo que Milan Kundera llama la gran inmortalidad: “el recuerdo del hombre en la mente de aquellos a quienes no conoció personalmente. Hay trayectorias vitales que sitúan al hombre, desde el comienzo, ante esta gran inmortalidad, ciertamente insegura, incluso improbable, pero innegablemente posible: son las trayectorias vitales de los artistas y los hombres de Estado”. El tiempo lo dirá, como advertía Ángel González:

Todo lo consumado en el amor

no será nunca gesta de gusanos.

Los despojos del mar roen apenas

los ojos que jamás

-porque te vieron-,

jamás

se comerá la tierra al fin del todo.

Yo he devorado tú

me has devorado

en un único incendio.

Abandona cuidados:

lo que ha ardido

ya nada tiene que temer del tiempo.

Irónica o lógicamente muchos piensan en ser inmortales recurriendo a la muerte, propia o ajena, a la destrucción. “Si el grano de trigo al caer en tierra no muere, queda él solo; pero si muere, da abundante cosecha”, dice La Biblia. La inmortalidad requiere sacrificios de diverso orden. Unos buscan una muerte inolvidable, como la actriz Lupe Vélez, potosina recordada por su belleza y sus películas en Hollywood: hizo un escenario de la cama de su suicidio pero las nauseas hicieron que corriera al baño, y así murió, ahogada, con la cabeza en la taza. Y en cuanto a la ajena, ahí tenemos a francotiradores, terroristas, magnicidas. Un loco le disparó a John Lennon para que se recordara su nombre, otro incendió la biblioteca de Alejandría, otro estrelló su carro contra una multitud. Lo mejor es no darles el gusto de nombrarlos.

Muchos políticos le ponen su nombre a calles y lugares públicos. Se construyen estatuas que serán derribadas. Sé de personas que se han criogenizado, en la espera de un futuro incierto. “No quiero alcanzar la inmortalidad a través de mi obra, sino simplemente no muriendo”, aseveró Woody Allen. ¿Será?

No sé si llegaré a cargar los peregrinos. Más, no sé si llegue a ver publicada esta columna, todo puede pasar en unas horas —y una más, con el cambio de horario: yo quiero cambiar el calendario, el horario qué—, pero espero que algunas de estas y otras letras lleguen a buen puerto. Que cada día sea tan gran partido que colguemos los tenis en paz. Los dejo con García Montero:

Ni tú ni yo creemos

en la inmortalidad. Pero hay momentos

-oscuros, de penumbra o luz abierta-

donde se roza el mundo de los libros

y las ventajas de la eternidad.

Escribo este poema celebrando

que pasado y presente

coincidan todavía con nosotros

y haya recuerdos vivos

y besos tan dorados como el beso

aquel de la memoria.

Posdata 1. Atentos: ya viene el XIII Festival Letras en San Luis, organizado por el Ayuntamiento de San Luis Potosí. Esta semana sale el programa completo.

Posdata 2. Otra novedad editorial de próxima presentación es Esquizia, revista de psicoanálisis, filosofía y ciencias sociales, una publicación de San Luis Potosí para el mundo, que en su segundo número incluye textos de J. Ramón Rodríguez, Daniel Gerber, Liora Stavchansky, Samuel Hernández Huerta, Ian Parker, Carlos Gómez Camarena, David Pavón-Cuéllar, Alejandro Velázquez, Fabiana Parra, Consuelo Llanas Gámez & Cintia Martínez Velasco, Sarah Patricia Cerna Villagra y Roque Farrán.

Correo: debajodelagua@gmail.com

Web: http://alexandroroque.blogspot.mx

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