El vino siempre ha estado ligado a una fiesta. Sea por celebrarlo a él, en los ciclos de la vendimia, o celebrar con él, en las ocasiones especiales, ha sido desde el principio de la civilización motivo o medio de festejo y de rito. La semana pasada se efectuó el que ya es el sexto Festival del Vino de San Luis Potosí. Un éxito rotundo.
Enmarcado por la asombrosa arquitectura del Centro de las Artes, el Festival recibió en dos tardes a más de 4500 visitantes para probar más de 300 vinos de un centenar de bodegas nacionales e internacionales. Además, se ofrecieron 25 catas dirigidas, 4 talleres de cocina, 5 degustaciones gastronómicas y otros acontecimientos diversos, en un verdadero ambiente de fiesta, con espectáculos incluidos.
Lo primero que hay que agradecer es la excelente organización del evento. Para los expositores, el numeroso equipo de coordinadores, ayudantes, meseros, elementos de seguridad, vendedores, taquilleros, etc., tuvieron dispuesto todo el tiempo lo necesario para ofrecer a los asistentes una experiencia de cata con toda propiedad, siempre con una atención muy amable y profesional; antes, durante y después del suceso.
Para el público, las instalaciones, espacios, puntualidad, seriedad, recursos, entretenimiento, etc., tampoco fallaron. Por ejemplo, al ingresar, el aficionado recibía una modesta copita, pero podía adquirir una más amplia, conmemorativa, o incluso elegir para comprar entre una gama de copas profesionales para hacer el recorrido por el área de Wine Tasting, en donde se brindaban porciones de cata de cientos de botellas. Como líder de este extraordinario grupo, es justo destacar el trabajo de Alejandro Espinosa Abaroa, cuya pasión por el vino lo ha llevado a fundar, pero más importante, a mantener y desarrollar esta preciosa feria.
Otra buena noticia fue el protagonismo de los caldos de nuestra tierra. Además de la sorpresa de que la oferta de vinos potosinos ya excede la quintilla de productores, la verdad es que entre todos ellos existe ya una muy rica variedad de estilos, de precios, personalidades, formas de ver el vino y de interpretar la viña. En franca competencia con las etiquetas de Querétaro, Guanajuato, Zacatecas, Aguascalientes, Coahuila o Baja California, y muchas veces superiores a ejemplos extranjeros, los potosinos van reclamando un lugar en la geografía de la vid.
Pero creo que lo mejor de todo fue la concurrencia. Salvo algún caso aislado de quien se descuida por falta de experiencia o de costumbre, la gente estuvo a la altura. Pude observar que se aprovechaba la oportunidad de comparar una enorme cantidad de etiquetas, que se ponía atención a las explicaciones de los expositores, que se acudía a las degustaciones, que se cataba con distinción, con curiosidad, con respeto; que los jóvenes (compartí un panel de cata evaluativa con tres chicos de unos 20 años), los adultos y los mayores –incluso los niños, que en muchos casos se abrían paso por los bulliciosos pasillos dentro de sus carriolas– compartían el mismo espacio en un ambiente divertido y entusiasta. Estoy convencido de que, en tradiciones afines, el índice de consumo atento de la obra de arte enológica habla del nivel cultural de un pueblo. En este sentido hay mucho que andar, pero el camino, si se suma al contingente el gobierno, es el correcto.
La enhorabuena, pues, para los aficionados, para Alejandro y su equipo, para todos los participantes.
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