Nos referimos, por supuesto, al “estilo personal de gobernar” que pretende instaurar, en los próximos seis años de su mandato, Juan Manuel Carreras López, el cual delineó en su primer mensaje político, luego de asumir el cargo de gobernador constitucional de la entidad potosina. El historiador Daniel Cosío Villegas acuñó con éxito la frase “el estilo personal de gobernar”, en los años setenta del siglo pasado, para referirse al modo peculiar en que se ejercía el poder presidencial, aterrizando en el caso concreto de Luis Echeverría Álvarez, cobrando carta de naturalización esa expresión cada que se aborda la forma específica en que un gobernante (de cualquier nivel competencial) se asume como tal (aquí valga recordar que también los hay que ni siquiera a eso llegan, como el médico que nunca se sintió gobernador y que ya se fue).
De entrada, destaca el ofrecimiento de impulsar la lucha contra la corrupción, ese devastador conjunto de acciones u omisiones indebidas que realizan los más diversos funcionarios venales en prácticamente todas las instituciones gubernamentales y que, hoy por hoy, se multiplican por una persistente impunidad que, también, se desenvuelve ampliamente como su necesario complemento. El anuncio de que habrá todo un sistema anticorrupción, donde sobresale la instauración de una fiscalía independiente, supone en el gobernador Carreras el conocimiento cierto del grado de podredumbre alcanzado por el (des)gobierno de su antecesor, así como de otros personajes que, igualmente, saquearon a placer las arcas públicas y es hora que “ni sudan ni se abochornan”.
La corrupción institucionalizada fue, por cierto, otro gran tema de análisis de Cosío Villegas, con su célebre ensayo “La crisis de México”, de 1947, donde fustigó la decadencia de los gobiernos emanados de la Revolución de 1917, sobre todo cuando llegaron al punto de propiciar que un solo hombre -y sus vicios políticos- corrompieran a todo el sistema en su conjunto, afectando gravemente a la sociedad mexicana. De allí que el “presidencialismo a la mexicana” fuese tenido como el “mal de la época”, sobre todo por los excesos en que incurrió en todos los niveles, no sólo de la primera magistratura del país, sino en cada estado o municipio donde se reproducían esas malas artes gubernamentales. Por eso, en principio, Cosío esperaba la redención del poder desde arriba, pero se desencantó cuando Echeverría “enloqueció”.
Pero esa radiografía de Cosío queda como referente indispensable para entender los procesos actuales de sucesión del poder en México, así como de las formas peculiares que asumen los gobernantes en el ejercicio del mismo porque, parafraseando a Maquiavelo, “las virtudes quedan aunque los medios cambien”. Trasladando todo esto al momento presente, pareciera indicado esperar del actual gobernador Carreras un golpe de timón en el desempeño de su función, por lo cual se podría llamar a cuentas -y sancionar en consecuencia-, a quienes han hecho del servicio público, en los últimos años, un verdadero amasijo de fortunas personales en agravio de las necesidades más apremiantes de la mayoría de la población y hasta indignante burla de la esperanza ciudadana en que, más temprano que tarde, se le haga “justicia”.
No se entiende de otra manera ese primer paso del nuevo gobierno. Si los anteriores se rasgaron las vestiduras y procedieron a un ajuste de cuentas que se quedó en la detención provisional de algunos “chivos expiatorios”, ahora cabría esperar el inicio de un modelo de combate a la corrupción que no solo mire al pasado inmediato, sino que prevenga y actúe con sentido de oportunidad para que no se llegue a esos niveles de grosera impunidad de que hacen gala los funcionarios desleales. Así que, por lo pronto, que vayan poniendo sus barbitas a remojar quienes asuman que actuaron con deshonestidad en el servicio público y se despacharon con la cuchara más grandota que encontraron.
Juan Manuel Carreras inicia con un estilo de gobernar que parece apostar a la renovación progresiva de las instituciones estatales, no tanto por el perfil de los funcionarios que ha llamado para que lo secunden en el trabajo, sino, sobre todo, por el sentido de responsabilidad política que implica hacer de la entidad potosina un espacio de relación con los ciudadanos que no se reduzca al mero recurso propagandístico y/o mediático. Institucionalizar el diálogo público con los diversos sectores políticos, sociales y económicos se antoja como una divisa insoslayable de su gobierno y, de ningún modo debiera tenerse como “el riesgo del cohetero”, por aquello de que no por pretender quedar bien con todos se termine chamuscado.
Si en verdad este es un “gobierno de puertas abiertas”, pues ya es ganancia si lo comparamos con la cerrazón, abulia y hasta “muina” que desplegaba el anterior. Hoy, más que nunca, volviendo a Cosío Villegas, lo que se requiere apuntalar, cuando pareciera que la sociedad “ha desfallecido al punto de renunciar a hacerse respetar”, es el “espíritu del gobernante” y esto es algo más que destreza técnica o clarividencia administrativa: es la vuelta al sentido ético de la responsabilidad política. Nada más, pero nada menos.





