La semana previa al día de muertos comienzan a visitarme todos aquellos a los que he perdido. Quizá es que los invoco cada que huelo el cempoalxóchitl en los puestos, o cuando veo el pan de muerto azucarado. Quisiera verlos, pero mis poderes no llegan a tanto. Vi, en cambio, a una mujer viva que había olvidado que existía. Pasó caminando a unos veinte metros frente mí. Me costó trabajo reconocerla, pero conservaba un aire familiar. No recuerdo bien su nombre, creo que sonaba a Claudia, pero pudo haber sido Laura. Se que fuimos compañeras en la universidad y tenía el cabello rojizo. Su cabello me llevó al primer año de la universidad, cuando uno conoce poco a todos, pero cree que se quedarán para siempre. La chica compartía un par de clases conmigo, era una de esas presencias sentadas en las primeras filas de pupitres ubicados cerca de la puerta del salón. Tenía novio. Un chico que recuerdo vagamente, pero que iba más adelante que nosotros. Era así porque ya usaba traje y corbata, uniforme distintivo de muchos alumnos que cursan los últimos semestres de la carreara y que están haciendo méritos en algún juzgado o haciendo su lucha desde un despacho. Él la esperaba a la salida de clases y juntos caminaban a la entrada de la facultad. Nada extraordinario para los muchachos que éramos a esa edad. No supe cómo se llamaba, pero creo que tenía un apodo de esos con los que uno acaba siendo identificado mucho más fácil que con el propio nombre. Era algo sencillo y ordinario, como “el Chato”, o “el Güero”. No estoy segura.
Lo que sí recuerdo es el moño negro que colgaron en la entrada principal de la escuela cuando él murió. Se dijo que había acompañado a su jefe a una diligencia a León y de regreso a San Luis, ya por la tarde, un vehículo imprudentemente manejado se les atravesó a la mitad del camino. Él murió inmediatamente en el asiento del copiloto y el jefe quedó muy mal herido. Me acuerdo de la esquela en el periódico por parte de la universidad y de un anuncio impreso de computadora que se pegó en las ventanillas de servicios de la escuela haciendo saber dónde sería velado el compañero muerto. A esa edad, la muerte de un contemporáneo sacude, pero a menos que sea alguien cercano, la sacudida dura poco. Ella, Claudia o Laura, faltó por algunos días a clase y luego volvió a ocupar su pupitre en las primeras filas, junto a la puerta del salón.
Alguna amiga de aquél entonces conocía a la chica mejor que yo y afirmaba que mi compañera había perdido al amor de su vida, que habían estado juntos desde siempre, mucho antes de la universidad y que lo suyo era una de esas historias que comenzaron en la misma cuadra de alguna colonia de la ciudad y crecieron juntos. Era sabido que se casarían en cuanto él se graduara.
El resto de la carrera la vi poco en la universidad. Aquello era desde entonces un hervidero de gente. No creo haber coincidido con ella en otras clases. Luego, la olvidé como he olvidado a tantos otros de esos años y ellos me han olvidado a mí, así, sin culpas, sabiendo que estuvimos por un tiempo y luego nos separamos sin dolor. No volví a verla hasta la semana pasada que su cabello largo me llevó a los años de la universidad. Su cara era casi la misma, con el paso normal de los años. Se veía bien, si acaso un poco más canosa, pero nada de llamar la atención. Recordé de golpe a su novio muerto. ¿Habrá encontrado otro amor? ¿se casaría? ¿en verdad perdería hace veinte años al amor de su vida? ¿qué hizo con su amor sin él los siguientes veinte años? Traté de buscar pistas en su manera de vestir, en su bolsa colgada al hombro. No encontré nada. Ella sintió mi mirada y volteó a verme. Saludó por cortesía, con esos saludos que uno hace cuando no está muy seguro de quién es la persona de enfrente, pero que sabemos que viene de algún lugar de antes. Luego, de la nada, un hombre de unos nueve o diez años mayor que nosotras, apareció a su lado y la tomó de la cintura. Se alejaron semi abrazados. Yo me quedé por unos segundos con la presencia de su novio ausente y deseando que Claudia o Laura haya encontrado, por lo menos, dos amores de su vida.





