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Miguel R. Valladares García

martes 14 de abril de 2026

Discurso de aceptación

Cuando se recibe una distinción, un premio, algún cargo o cualquier otra deferencia, generalmente se pronuncia un discurso, que puede ir desde un muy lacónico […]

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Cuando se recibe una distinción, un premio, algún cargo o cualquier otra deferencia, generalmente se pronuncia un discurso, que puede ir desde un muy lacónico “gracias” simplemente, hasta una elaborada pieza retórica.

Escribo este texto habiendo arribado a la edad de cincuenta años, para lo cual, hago en este acto mi discurso de aceptación de haber llegado a esta edad, recibiendo con orgullo el altísimo honor que me confiere la vida de poder usar, sin reparos y con mucho orgullo, el apelativo de “cincuentón”.

Tengo el orgullo de haber nacido a caballo entre dos siglos, con tiempo suficiente del XX para conocer su evolución y final, y con la posibilidad de incursionar en el XXI, aunque sea un poco, solo para estar seguro que este mundo, mi mundo, nuestro mundo, es dinámico, cambiante, veleidoso, pero nuestro. Que a la vuelta de cada esquina hay una sorpresa y que la capacidad de asombro no la tiré en el siglo pasado, sino que la traigo al hombro, ejerciéndola en la medida de lo posible.

Cincuenta es un número simbólico, tanto, que a cincuenta años de matrimonio se le llama “bodas de oro”, por lo que este cumpleaños bien pudiera ser el inicio de una edad dorada, aunque mi cabello opine que la plata es mejor color.

Tengo una edad en la que se agolpan muchos recuerdos, suficientes para aburrir a los más jóvenes con ellos, pero insuficientes para llenar la expectativa de todo lo que espero llegar a vivir aun, para tener cada día más que contar, hasta que ya la vida no cuente conmigo.

La edad del hombre se clasifica de diversas maneras, unas más amplias y otras con mayor detalle: hay primera infancia, niñez, adolescencia, juventud, madurez, adultez y vejez. Hoy inicio la adultez (dicen que empieza a los cincuenta) con el espíritu de conocer que hay más allá de una línea que, para algunos, es el inicio del declive pero, para otros, entre los que me incluyo, la antesala de una pendiente más que debemos subir, si queremos avistar el horizonte lejano y no quedarnos sentados esperando que nos lo cuenten, contentando a nuestra ambición solo con escuchar.

A lo largo de este medio siglo he conocido gente magnifica: amigos que, al día de hoy y luego de cuarenta y seis años de nuestro primer contacto, nos seguimos sentando a la mesa de cuando en cuando, recordando, compartiendo y discurriendo para el futuro; amigos encontrados en escuelas y facultades, en trabajos y profesión, de quienes he recibido enormes enseñanzas y encarecidos recuerdos.

Mi madre aun acompaña este andar, espero que por mucho tiempo más; tres ausencias sentidas, mi abuelo Carlos, mi abuela Lupe y mi tía Guadalupe, que no pudieron ver hoy que, a los cincuenta, con más barriga y canas, sigo siendo aquel que creció a su vera, convirtiéndome en lo que ayudaron a formar.

Hoy soy cabeza de una familia que marcha junta, muy junta por la vida: Mine, una esposa ejemplar y dos motivos para vivir y ser optimista, Pau y Jorge.

Aprendí a leer a la temprana edad de cinco años; los libros han sido mi pasión desde siempre y hoy, luego de ser lector incansable, confieso que seguiré siéndolo, intentando además poder poner en negro sobre blanco algo de lo que puedo haber aprendido, pensado o simplemente imaginado, en algo más que una columna o una obra colectiva. Pienso escribir un libro. Uno, por lo menos, aunque no se de que o si acaso alguien pudiera tener interés en leerlo.

Si dicen que en la vida todos debemos tener un hijo, escribir un libro y sembrar un árbol, tengo cumplido lo primero doblemente, voy en vías de lo segundo pero, he de decirlo que la jardinería se me da mal; quien sabe si algún árbol haya que pueda yo sembrar.

Tal vez esta columna difiere de las demás que presento a los lectores cada semana pero, ¿les digo una cosa?, los cincuenta años cumplidos dan derecho a ponerse sentimental.

Por eso, con este discurso digo, parafraseando a Amado Nervo, vida nada te debo, vida, nada me debes, vida, ¡vamos por más!

@jchessal

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