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Miguel R. Valladares García

lunes 6 de abril de 2026

Día Mundial del Libro y la Lectura

El 23 de abril es el Día Mundial del Libro y la Lectura, en conmemoración de Miguel de Cervantes y William Shakespeare. Y Garcilaso de […]

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El 23 de abril es el Día Mundial del Libro y la Lectura, en conmemoración de Miguel de Cervantes y William Shakespeare. Y Garcilaso de la Vega, y Vladimir Nabokov. Se hacen actividades varias, como ferias del libro, conferencias, maratones de lectura, mesas redondas (hoy llamadas pomposamente “conversatorios”) y hasta algunos políticos, que a leguas se ve que nunca han leído, o no les ha servido de nada, hacen declaraciones en favor de la lectura. Como toda fecha conmemorativa o “día de…” puede ser un gran pretexto para la reflexión si se hace en serio, a conciencia.

Se buscan y se proponen fórmulas para incentivar la lectura como medio de conocimiento, de expansión de lo humano y, aunque ha habido avances y hay muchas “células” entusiastas de lectores y escritores, poco se ha logrado a gran escala al menos en México. Como en casi todo, hay más preguntas que respuestas. ¿Qué es “leer” hoy en día? ¿Qué se lee y por qué? ¿Para qué? ¿Quién dice qué leer y a quién? ¿Qué papel tienen el gobierno y las empresas en eso que llamamos “literatura”? ¿Servirá de algo la reforma educativa? ¿Hay un plan estratégico de cultura o se busca tenerlo?

Lo sé, lo sé: “El verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta el modo imperativo”, dice Jorge Luis Borges. “Cada cual, joven o viejo, tiene que encontrar su propio camino hacia el mundo de los libros”, añade Hermann Hesse. Sé que no se puede, pero como buen libroadicto quisiera que todo mundo accediera a los mundos que he conocido, todo lo que he viajado en el tiempo y el espacio, las infinitas combinaciones de palabras e ideas que conlleva la escritura, y los personajes que me han transformado, que he amado o que he tratado de entender aunque los odie o me intriguen. Sé que no a todo mundo se le da leer “por gusto”, con gusto. Es ahí donde debería haber planificación, estrategias. Y sé que leer no es garantía: hay funcionarios con doctorado y doctores que no tienen el mínimo de habilidad lectora, o no son “buenas personas” porque lean (mucho o poco). El mismo exgobernador Javier Duarte, encarcelado (y zapeado) en Guatemala, tiene un doctorado por la Universidad Complutense (España).

Un maestro de genio me dijo hace mucho que si se logra infundir el gusto por la lectura, prender la chispa de la crítica o la curiosidad humana en al menos una persona de un grupo, ya la tenemos de gane. Así ha sido: siempre me encuentro mínimo con dos o tres gratas sensibilidades cada vez que estoy en un aula: leen con gusto, piden otras lecturas, dudan, proponen, crean.

Como bien dijo en una entrevista el escritor Eduardo Mendoza, Premio Cervantes 2017: “No es importante que todos lean, sino que algunos lean y lo hagan bien”. Y, contra lo que se estila hoy en tantas escuelas, dice que la lectura no tiene que ser algo “divertida” o “fácil de entender”: “Hay clásicos aburridísimos que hacen que se te caiga la cabeza cuando los lees, pero son buenísimos y hay que leerlos”. Hay lugares donde se lee pero no se intenta avanzar hacia el lector modelo en el que idagan Eco, Calvino y otros autores.

Veo a algunos niños que tienen por niñera la computadora o el teléfono inteligente, me pregunto que será de ellos en unos años: se saben de memoria las canciones de las películas, diálogos de series o caminos de videojuegos, y se alteran mucho cuando se les quita la electricidad. No soportan la aleatoriedad y las coincidencias de la “vida real”. Ciertos jóvenes y adolescentes no pueden estar una hora sin revisar su mensajería, sin importar si están en clase o en la hora de la comida. Alumnos de licenciaturas en ciencias sociales se quejan de que se les pide “leer mucho”; incluso hay quienes recomiendan que los textos para Internet no excedan de una cuartilla (1800 caracteres) para que el lector “no se vaya”, y que “sean entendibles”.

Otros indicadores: según el Cerlalc (Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe) los mexicanos estamos en segundo lugar segundo lugar regional de leer “por gusto” por un promedio de 5.3 libros al año. ¿Es poco o es “suficiente”? Y en la Encuesta nacional de hábitos, prácticas y consumo culturales (Conaculta, 2010) resultó en San Luis Potosí que sólo 28.4 % de la población ha visitado una librería, mientras 86.7 % no compró ningún libro el año anterior. ¿La principal razón (24.81 %)? “No le gusta leer”.

Con toda mi desconfianza a listas y encuestas me sumerjo en la página electrónica de la mayor librería del país en busca de los más vendidos. Hay una tercia de clásicos y una mayoría recién salida de la imprenta. El primer lugar es El mito del emprendedor. Por qué no despegan las pequeñas empresas, de Michael E. Gerber. El segundo es Después de las 11:11, de Ricardo Talavera, al parecer un libro de poemas (malitos, por lo que se lee en las páginas disponibles en la red). Entre los primeros 20 libros hay desde 99 pesos (cuentos de Edgar Allan Poe) a mil 500 pesos (la compilación del Inventario de José Emilio Pacheco). Cuatro de esos veinte son escritos por mujeres.

¿Qué hacer? Ante las desconfianzas actuales a “memorizar” u “obligar” a leer, Fernando Iwasaki propone: “Si el problema es el verbo ‘obligar’, entonces habrá que usar ‘exigir’, ‘impeler’ o ‘instar’ para que los alumnos lean, porque tienen que leer. El problema es qué deberían leer. Si tienen doce años, tendrán problemas para comprender el Lazarillo de Tormes o Rinconete y Cortadillo, pues para ellos sería más fácil leer Harry Potter, El Señor de los Anillos o los cómics de Iron Man. Si los maestros les explicaran la relación que existe entre la armadura de Aquiles y la armadura de Iron Man o entre la espada Excálibur y las espadas láser de La guerra de las galaxias, los alumnos lo agradecerían”.

Y no sé. No entendería la vida —menciono unos cuantos nombres— sin Kundera, Cervantes, Nabokov, Asimov, Dumas, Hugo, Cortázar o Rulfo; no la entendería sin tantos colegas a quienes he conocido y leído, y sin tantos autores anónimos. Ir a las librerías, a las ferias del libro, es para mí relajante y motivador a la vez. Puedo pasarme las horas ahí. Por eso me gusta ir a encuentros de escritores, participar en talleres de lectura, charlas con quienes acuden a un sitio “literario” por gusto: sé que puedo ser yo, hablar de lo que me gusta y aprender.

Siguiendo la frase de Borges que cité arriba, a diferencia de amar y soñar, mucha gente no necesita leer para vivir, o cree no necesitarlo. Dicen que si no sueña, una persona puede volverse loca. Quizá sea igual sin amar. Si no leemos corremos el riesgo de seguir cuerdos. Ojalá leamos. Ojalá sigamos leyendo.

Y ojalá nos sigamos leyendo.

Web: http://alexandroroque.blogspot.mx

Twitter: @corazontodito

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