¿Usted está resentido? ¿De qué o contra quién?
“Ningún político en la historia, y lo digo con gran seguridad, ha sido tratado peor o más injustamente”, dijo recientemente Donald Trump, el presidente de Estados Unidos. No hay una pizca de autocrítica, de reconocimiento de errores, de diálogo. Como el ejemplo de Trump, cientos, en todos los niveles: el “de arriba” ataca, difama, grita, pero en cuanto el “de abajo” reclama o crítica, arde Troya.
Muchos políticos consideran que el que se les pidan cuentas es una afrenta. Que se les critique, peor. Resulta envidiable ese mundo donde nada es su culpa, donde todo lo licitan y otorgan legalmente, donde todo es transparente e impoluto. Como el papa, creen que todo lo que dicen es la verdad inspirada por Dios y debe ser creída sin más. Y quienes viven alrededor de ellos (funcionarios, administradores, etcétera) se creen poseedores de la misma infalibilidad. Este delirio incluye a una buena cantidad de periodistas y escritores; intelectuales, pues.
Dice Edgar Morin: “El hombre tiene dos tipos de delirio. Uno es, evidentemente, bien visible, es el de la incoherencia absoluta, las onomatopeyas, las palabras pronunciadas al azar. El otro es mucho menos visible, es el delirio de la coherencia absoluta. El recurso contra este segundo delirio es la racionalidad autocrítica y la utilización de la experiencia”.
He visto a las mejores mentes… no, ese es un poema. Y no sé si sean las mejores, porque también lo hacen personas sin argumentos. Pero he visto a colegas que considero inteligentes, propositivos, o al menos buenos escritores, perderse en la discusión por la defensa a ultranza de los privilegios que tienen, merecidos o no, adquiridos, ganados o regalados. Al defender una postura racional (contra la misoginia, contra el sexismo), en lugar de seguir el diálogo hacen intervenir términos como “troles” o “linchamiento”, o descalifican la crítica por venir de alguien que no es de su grupo o con quien tienen diferencias por otras razones.
Así, en un reciente episodio cómico-mágico-musical de la comunidad literaria se cuestionaba que la mayoría de nombres en una lista fueran hombres, blancos, con cierta capacidad económica, que muchos hubieran ido al mismo colegio, vivieran en el extranjero y los hubiera publicado una misma editorial… Un escritor trató de cerrar la discusión con la frase, que no argumento: “un escritor no es su circunstancia ni su contexto, ni menos aún sus papás: es su escritura, comercio aparte”. La literatura como acto impoluto, etereo.
Se ha discutido, aunque no lo suficiente, la importancia de las relaciones de pareja en las relaciones de poder. Por supuesto que tienen qué ver, como los papás, y los jefes, y las amistades, las lecturas, las escuelas. El papel de las “primeras damas”, de los compañeros de generación, la tan mexicana institución social del “compadrazgo” debería ser indicativo de que social y económicamente esto influye mucho. En muchos pueblos se da el nepotismo porque es la “cadena de confianza” más arraigada, o no se conoce otra, y se busca el padrino que mantenga a los hijos en caso necesario. La esposa de Javier Duarte salió del país tranquilamente y días después, ¡oh, sorpresa! (¿será?), salieron notas periodísticas sobre que ella era el cerebro detrás de las maquinaciones del gordito que se queja de maltrato en Guatemala.
Y por el contrario, no se vale descalificar como misóginas las críticas que se hacen a funcionarias. Hay incluso una propuesta de ley en San Luis Potosí para que sean delito, como “violencia política contra la mujer”, las opiniones negativas y sarcasmos a su quehacer político o legislativo. Sí, coincido con las opiniones en las que coinciden muchas mujeres en Twitter: no se vale usar el feminismo para descalificar la crítica contra las mujeres cuando están en una actividad pública.
Una discusión que seguí recientemente fue sobre el término “resentidos sociales”, que usan generalmente quienes se cobijan por cierta fase del poder, o desde cierto privilegio, para descalificar a “los otros”, a los “envidiosos”. No se trata de autocensurarse, ni victimizarse, sino de admitir que hablamos desde cierto punto en la sociedad. No es tan difícil, ¿o sí? Que si alguien es hombre, lleva ventaja en algunas situaciones; si vive en la capital de un estado no debería descalificar a quien vive enmedio del desierto, o más si vive en la Ciudad de México, o si tiene un papá famoso (o millonario), o si tuvo acceso a ciertas lecturas o tiene cierto título académico, la versión moderna de los títulos nobiliarios. No es lo mismo ir a jugar en la calle que “al Depor”, no es lo mismo apellidarse Pérez que Salinas, como no es lo mismo vacacionar en Tangamanga Splash que en Las Vegas. ¿Cuántos habrán pedido que salven a la vaquita marina antes que Di Caprio?
“Todos mienten” y “nadie cambia” son dos frases que hizo famosas Gregory House. Espero que no, que podamos platicar y conocernos para mejorar. Reconocer nuestros privilegios, nuestras carencias, nuestros resentimientos. ¿Por qué no? Y controlarlos, y saber que no deberían guiarnos a ciegas en la construcción de nuestra presencia, sino el diálogo. Llevará tiempo pero podemos aspirar a lograrlo. A veces lo creo.
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