
Soy de otra época o de esa categoría que no puede concebir andar de viaje y no ir al museo más interesante del sitio que se visita. Soy ese tipo de persona que se formó con esa concepción del museo como un cofre lleno de tesoros.
Hay decenas o centenas de razones para visitar un Museo y como dice David Dorenbaum en su artículo de El País Semanal, a veces vamos por enriquecimiento cultural.
Otras para no quedarnos fuera de onda si nos perdemos la exposición de moda, aprovechando tomarnos la selfie y demostrar nuestro interés por el arte y la cultura. Otras veces uno busca o pretende encontrar sensaciones nuevas. Y ahí es cuando nos advierte de tener cuidado pues el arte puede despertar en nosotros emociones escondidas.
Coincido con el escritor sobre el hecho de que, los museos pueden ser concebidos por muchos como el nuevo templo de la modernidad. Es el espacio en donde casi siempre a solas, nos detenemos en un objeto o en una imagen para conectarnos con esa parte íntima que nos coloca en un estado de cierta ensoñación mientras de manera inconsciente, recibimos el legado de nuestra historia como especie.
Al entrar a una pinacoteca y sentarnos frente a una de sus muchas obras artísticas entramos en un mundo de espejos y en cuestión de segundos o minutos, viajamos despiertos en un sueño que recuerda sensaciones y sentimientos olvidados o tal vez superados.
Ya sea que nos guste el arte clásico para enriquecernos culturalmente o bien el contemporáneo que nos provoque emociones que deambulan entre el asombro y el placer estético, los museos siguen atrayendo cientos y miles de visitantes tanto en las principales capitales del mundo como en localidades de provincia en todo el orbe.
El extranjero o bien el nacional pero al fin al cabo visitante, buscan adentrarse en sí mismos a través de estas manifestaciones culturales. Entrar a un museo es entrar en uno mismo. Es responder en silencio o hacerse interrogantes que no surgen en la rutina de la vida cotidiana. La imagen de un paisaje o la paleta indescriptible del arte abstracto echa andar un engranaje no sé si intelectual o sensorial, que no se activa mientras uno trabaja, maneja o conversa.
Por eso la analogía con el templo. Quizá por ello acudimos, como algunos a la iglesia, en búsqueda de esa parte escondida que surge en la exposición de imágenes y objetos que parecemos no entender pero que no requieren palabras para ser procesados por el corazón o las entrañas, pues como dice el autor, gran parte de lo que sentimos en presencia del arte se nos escapa de la conciencia.
Además, en la actualidad, los museos han dejado esa imagen tediosa que tenía para muchos, en donde hay que recorrer pasillos y pasillos y terminar con una cantidad de imágenes imposibles de procesar en la memoria.
Hoy, los museos del mundo en su mayoría, han abierto sus puertas a la representación de personajes contemporáneos que se muestran en exposiciones como la de National Portrait Gallery de Washington; son también escaparte de las nuevas tecnologías aplicadas al arte que nos permiten acercarnos a las causas sociales y a sus representantes.
El visitante ya no va al museo tan sólo por las razones comentadas sino porque en sus instalaciones se grabó el último vídeo de un cantante de moda o bien por mostrar en las redes que se estuvo “ahí”; ya saben cómo es ahora. Los nuevos públicos acuden tan solo por curiosidad y eso es un buen comienzo.
San Luis tiene una oferta muy amplia de exposiciones, galerías y museos a unos cuantos minutos de los fraccionamientos o desarrollos urbanos. Cada uno con una vocación y con una gama de posibilidades: escultura, pintura, arte sacro, contemporáneo; en espacios que son en sí una pieza museística o bien en modernas instalaciones.
No quiero terminar sin referirme a la tragedia del pueblo de Brasil con el incendio del Museo Nacional, el más importante de ese país. Han quedado convertido en cenizas siglos de trabajo al quedar calcinados 20 millones de piezas históricas. Aquí mi más sentido pésame por tan incalculable pérdida.
Ayudemos a proteger el patrimonio artístico, siendo miembros activos de la comunidad cultural de nuestra localidad. Busquemos refugiarnos en esos santuarios y descubrir que más que un acto de esnobismo, es un acto de íntima espiritualidad.





