Hoy es martes catorce de junio del 2016 y es mi cumpleaños. Cuarenta, gracias por preguntar. Me informan que en esta edad uno entra en una especie de crisis existencial: ¿ya hice lo que debía? ¿he logrado algo con mi vida? ¿qué me queda por hacer? ¿debo doble hipotecar mi casa y comprarme un Ferrari rojo?
En realidad, fuera de aquello que me hace valorar cada bendito día, no me siento muy diferente que digamos a ayer. Hoy que me levanté lo hice como de costumbre. No había más canas, ni arrugas extra. Tampoco preocupaciones agregadas, ni logros que aparecieran mágicamente. Sigo siendo la misma.
Hay un cuento de Benedetti que se llama El Otro Yo. Había una vez un chico, su nombre era Armando Corriente. Pero no era nada corriente: él tenía otro yo. Mientras Armando era bastante normalito, contenido y aburridón; su otro yo era melancólico y emocional. Decía lo que quería y lloraba cada que le venía en gana. Armando se avergonzaba del Otro, hasta que un día, harto de su sensiblería, le echó en cara toda la vulgaridad de su sentimentalismo y el Otro Yo decidió suicidarse. Amaneció colgado. Armando se sintió acongojado, pero hubo en él un especie de liberación: la muerte del Otro Yo le permitía sacar sus reprimidas emociones. Así, salió a la calle, esperando estrenar su nueva libertad y para su sorpresa, nadie lo notó. Alcanzó a escuchar cómo sus amigos lo compadecían diciendo: “-¡Pobre Armando, tan fuerte que se veía!-“, mientras sentía cómo una fuerza invisible le estrangulaba el cuello.
La cosa es que ahora que me estoy estrenando en esto de subir al cuarto piso de la vida, me doy cuenta de que efectivamente, uno puede desplegarse y ser al mismo tiempo muchas personas. Algunas embonan a la perfección con cada situación. Son agradables, inteligentes, oportunas. Pero hay otras que sencillamente se desfasan con si fueran un reloj sin cuerda. Otras son lo peor. Sacan el instinto primario de maldad que todos tenemos sin restricción alguna. Y de estas últimas, cuando se logra juntar toda esa complejidad, abruman y se desearían que no hubiesen existido nunca.
Cuando uno es joven, o al menos más joven de la respetable edad que hoy inauguro, hay etapas en las que se busca reinventarse. Recuerdo a una querida amiga que en su juventud pasó por todas las etapas: fue una niña fresa hasta el grado de vivir con una papa atorada en la boca. Luego pasó por gótica-punketa-hardrockiana. También fue hippy extraída directamente de los años sesenta, hasta que finalmente logró reunir cada carta de sí misma y convertirse en una sola mujer.
Con menos cambios en el vestuario y definitivamente un menor número acentos en la voz, pero en estas cuatro décadas he vivido también un montón de versiones. No estoy orgullosa de algunas y otras preferiría que nadie me las recordara, pero afortunadamente, la memoria es mucha y los amigos se han quedado con los años para fungir de disco duro externo y aún así, ¡alabado sea el universo! no he orillado a mi Otro Yo a suicidarse. Afortunadamente he entendido con los años, que yo soy todas y que cada una de nosotras ha sido verdadera. He logrado hacer las paces con el pasado y aprender de las que he sido. He encontrado que la mayor parte de las veces, me caigo muy bien, me divierto muchísimo siendo yo y que ¡por fin! ya quedaron atrás las épocas en donde sopesar que decir y que no se volvía una cosa laboriosísima. Ahora, hablo con mucho más libertad, pero también con más conciencia. He disfrutado cada segundo de estos cuarenta años de vida.
No tengo ni la más mínima intención de ir en pos de mi juventud perdida. No tengo planeado ponerme a entrenar para correr un maratón y demostrar que todavía puedo engañar a los ataques cardiacos, ni pienso hacerme cirugía para quitarme estas ojeras que se han hecho más difíciles de ocultar con los años. Nunca me he teñido el cabello y con las cinco canas que tengo, tampoco tengo planeado hacerlo pronto. No pienso botar a mi marido, abandonar a mis hijos e irme a dar el rol por el mundo mochila en mando. No tengo planeado comprarme un Ferrari, ni motos para que mi cabellera se deschongue al aire. Tampoco pienso sumirme en la melancolía de lo que no he logrado, ni desgarrarme las vestiduras porque no se lo que me depara el futuro. Honestamente, estoy cómoda con quien soy, me gusta donde estoy y amo con quienes vivo. Disfruto los lugares que rondo, las páginas que leo, las cosas que escribo, los amigos que tengo.
He decidido, en cambio, comer más frutas y verduras porque hasta ahora, confieso que los brócolis y los chayotes no logran emocionarme. He pactado dormir sólo cuando tenga sueño, dedicar más tiempo a escribir, leer autores nuevos, releer a los de siempre. Seguir creando memorias con mis amigos, cantar con más ganas, bailar cuando esté contenta, llorar sin tapujos aunque el motivo sea que alguna mala película que vaticine el fin del mundo. Volver a hacer ejercicio regularmente, frecuentar a la gente que me cae bien pero que no considero aún amigos, trabajar como siempre y reír con ganas.
Así que lectora, lector querido, gracias por venir a mi fiesta. El día es largo y tiene usted todavía tiempo de enviarme sus felicitaciones y buenos deseos, así que por favor, no se cohíba, felicíteme, que hay motivos. Y a vivir con ganas, que tengo más de cuarenta motivos que me dan cuerda.





