El pasado sábado fui al centro histórico de nuestro San Luis Potosí. No fue, como muchas otras veces, una visita de trabajo, aquella que ocupa nuestro tiempo en antesalas y oficinas públicas. Fue un encuentro como debe ser con los centros históricos, sin prisas, con calma y tratando de poner atención en esos detalles que normalmente se ocultan a nuestros ojos.
Muchos años han pasado en los que el descuido, la indolencia, la complicidad de funcionarios, ideas ocurrentes y sin sentido de urbanistas de ocasión, han hecho del centro de la ciudad un lugar distinto de lo que su contenido y belleza le permitiría por sobre muchos otros, si acaso hubiera el ánimo de hacerlo.
Marcos de cantera sobrios en puertas y ventanas, calles estrechas y con trazo que procuran apartarse de la línea recta, adoquines añejos y colores, muchos colores hacen de esos rumbos que van hacia el sur de la Plaza de Armas, rumbo al Santuario y a San Juan de Guadalupe, un vistazo, una pincelada de un viejo y tradicional San Luis donde en las fiestas aún se cuelgan guirnaldas en las calles y la gente se conoce, se saludan y se encuentran en las banquetas que aún se caminan. Son esas calles donde algunas fincas mueren de inanición y solo esperan el derrumbe, pues es más barato y simple esperar al retiro de escombros que entrar en el intrincado y costoso mundo de la restauración, donde en cada esquina del laberinto acecha un burócrata voraz y sin conocimiento real de lo histórico y su valor.
¿Y qué decir de la zona comercial de lo que, en otros años, era el punto de convergencia de compras y paseos?
Edificios señoriales con fachadas de cantera, verdaderas filigranas de artesanos y constructores, convertidos en hervideros de microcomercios donde el sentido de dignidad que en otro tiempo les vestía ha quedado tirado en el olvido. El fragmentar los inmuebles y convertirlos en hormigueros comerciales, cuando no se dejan derruir al tiempo, es otra actividad inmobiliaria de moda en el centro histórico.
Y es que pareciera que no hay condiciones suficientes para atraer grandes inversiones en esa zona donde solo lo mediano o pequeño tiene pinta de sobreviviente. ¿Cuántas veces habremos escuchado los planes supuestos para el Edificio Ipiña o el Palacio de Cristal? Hay valientes que aun invierten su dinero en un lugar que podría, con mucho, ser mejor; valientes que, al final, pueden cansarse de perder.
Pero poco o nada han hecho las administraciones municipales para regular las actividades en la zona y fomentar el comercio de calidad. Ambulantaje, anuncios estridentes que enmascaran los tesoros arquitectónicos, pintas, inseguridad son muestras de la connivencia, ineptitud y tolerancia de autoridades con comerciantes, fijos y movibles, que privilegian el desprecio por los valores estéticos que mucho presumimos al exterior pero poco sostenemos en lo privado.
Basta darnos una vuelta al centro histórico para entender la razón por la cual la UNESCO no nos voltea la mirada con la declaratoria de patrimonio histórico: simplemente no se ve, oculto por mantas y toldos. ¡Y hay tanto que aprender y tanto que ver!
Arranca una nueva administración municipal. Tienen la palabra.
Un apunte final: por primera vez en muchos años, muchos, pude ver la fachada de Palacio de Gobierno sin esos toldos blancos que siempre supuse como extensiones arquitectónicas del inmueble. O algo ha cambiado en Palacio, o eran de Fernando Toranzo y se los llevó a guardar a otra parte. En todo caso, fue una grata sorpresa.





