E s evidente y lamentable. La oposición de las llamadas “izquierdas” a la reforma laboral no tiene tanto de “progresista”. Más bien desborda ignorancia y sesgos ideológicas, que resultan contraproducentes para quienes dice proteger de la maldad de los “tecnócratas neoliberales”.
¿Y cómo se cae en tales extremos? Bueno, el problema básico es que esas actitudes no son ni avanzadas ni renovadoras, y tal vez ni siquiera sean de izquierda. Hasta se podrían calificar de regresivas, reaccionarias, retrógradas o retardatarias, pues se orientan a conservar el deficiente estado de las cosas.
Todo ello, así en forma resumida, lo veremos más adelante en este texto, pero ahora van aquí unas cuantas precisiones.
Se debe tener en cuenta que ninguna reforma es la panacea que va a solucionar los problemas en cualquier área de una sociedad. No lo será por sí sola,… y tampoco ofrecerá resultados significativos sin un gran esfuerzo en múltiples frentes a lo largo del tiempo.
Una reforma viene a ser un inicio, no un cierre o final. Es un arranque… de ninguna manera una meta o un objetivo último. Y menos podemos olvidar que las reformas estructurales encarnan una condición necesaria, pero no suficiente, para alcanzar los objetivos.
La reforma laboral, tantas veces aplazada a lo largo de 80 años de la Ley Federal del Trabajo que reglamenta el artículo 123 de la Constitución de 1917, busca actualizar disposiciones que están desfasadas y no han dado buenos resultados.
En todos los temas incluidos o excluidos aquí se observan elementos positivos y negativos, que representan a su vez costos y beneficios (tal como sucede en cada acto personal o económico, como con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte).
En cuanto a la flexibilización de los mercados laborales, por ejemplo, para lograr que se contraten más empleados es conveniente que sea mucho menos complicado terminar una relación laboral, sobre todo ante los ritmos de cambio de una economía de mercados globales y con la posibilidad de tener varios trabajos —no sólo uno— a lo largo de una vida.
¿Acaso es lógico emplear a alguien que no se necesita y mantenerlo toda su vida? ¿Y para que subsista y crezca una fuente de empleo, no es mejor que solamente gaste en lo que requiere?
La nueva Ley nunca les podrá gustar a quienes no tienen buena disposición o a los menos capacitados, más improductivos y que aspiran a continuar y ascender en un empleo por antigüedad, no por su trabajo. Sí será atractiva para los que estén decididos a esforzarse y ser más productivos en las opciones que se les presenten.
Frente a los desfiguros de ciertos grupos y los costos para determinados líderes o trabajadores, se deben considerar los beneficios generalizados de la competitividad, sin desatender la tutela de los trabajadores ante los abusos patronales.
* OTRA PENA AJENA EN las izquierdas aflora en el caso de un diputado del PRD, Martí Batres, que de plano propuso que en las campañas políticas ¡se prohíban las encuestas de opinión! con lo que no sólo se limitaría la libertad de expresión sino también el derecho de los electores a estar informados. Nada más le faltaría una iniciativa para ¡prohibir las elecciones!
Su ex-candidato presidencial reitera que nunca aceptará las reformas estructurales porque “vienen de fuera” (del extranjero). Eso sí, obligadas o voluntarias, se requieren en todo el mundo y son muy raros los países rezagados que no tratan de aplicarlas en alguna medida (Venezuela o Corea del Norte). Además, digamos, tampoco vamos a ¡rechazar las computadoras o hasta los avances médicos que se han desarrollado fuera de México!
* UN NUEVO FRACASO EN la lucha contra la corrupción, adelantábamos en este espacio, se vislumbra aquí y ahora con una reiteración de los intentos deficientes e ineficaces del pasado, que igual fueron apremiados por las presiones y las circunstancias.
Para que tenga posibilidades reales de funcionar, confirma mi experiencia, es imprescindible que una estrategia anti-corrupción 1) sea multifactorial; 2) se derive de la firme convicción personal de quien encabeza el Estado; 3) convenza a la sociedad de que es mucho mejor para todos; 4) evite burocracias y distracciones ingenuas (como las declaraciones patrimoniales); 5) no se vuelva una cruzada “moral” ni anticipe demasiado sus acciones, y 6) afecte realmente intereses enraizados y muy poderosos, pero también genere estímulos y alternativas que ayuden a digerir esas acciones.
Lo multifactorial indica que la estrategia sea económica y social, educativa y política, correctiva y preventiva, de castigos y premios, de hechos y amenazas, de reglas claras y flexibles, de casos de éxito y frustración, de corto y largo plazo,…
Todo esto nunca habrá sido sencillo, aún más después de períodos tan prolongados, aunque puedo asegurarles que la corrupción de ninguna manera está en nuestros genes, que tampoco viene a ser un destino divino y que, aun sin “erradicarla”, la podemos derrotar con determinación y estrategias inteligentes en cuanto a artimañas válidas, tiempos sensatos y etapas coordinadas en un marco de mayor transparencia.
En fin, hay tanto por hacer, y tendremos que hacerlo mucho mejor que en los fiascos de siempre, quizá a partir de las contadas experiencias de éxito aquí y en otros países. ¿Será?
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