En sus expresiones más elementales y conocidas -la búsqueda y ejercicio del poder- la política resulta ser, al final del día, un despliegue de persuasión; la puesta en práctica de la capacidad de convencimiento.
El político más exitoso es aquel que en la búsqueda de algún cargo de elección popular convence al número mayor de ciudadanos para que voten por él. El gobernante que triunfa es el que persuade a la sociedad, a los demás actores políticos e, incluso, a los poderes fácticos, de que respalden sus programas, proyectos y propuestas.
A unas horas de iniciar sus campañas proselitistas,los candidatos a gobernador(a) seguramente están conscientes de que su eventual triunfo en las urnas pasa por esa exigencia ineludible de convencer. Lo cual, vale decirlo, no excluye del todo la posibilidad de conmover.
Sería miope sostener que la obtención del respaldo ciudadano depende exclusivamente de la argumentación racional; de las propuestas sustentadas en la razón. No, no es así. Para bien o para mal, la práctica política en su dimensión electoral incluye siempre un componente emocional. Hay respuestas del público que responden más a una pulsión emotiva o sentimental que a la aplicación gélida del raciocinio.
Con todo, salvo contadas excepciones, a final de cuentas la balanza se inclina al lado del más persuasivo, del más dotado para convencer. Hoy mismo, cuando despuntan algunas encuestas previas al arranque de las campañas, queda claro que persiste un bloque de votantes indecisos que fluctúa entre el 20 y el 25 por ciento, suficiente para definir al triunfador. Son éstos los encuestados que han afirmado que irán a votar, pero que no dicen por quién piensan hacerlo. Muchos no lo revelan porque ciertamente no lo saben aún, pero otros prefieren reservárselo aunque ya hayan tomado una decisión.
En una proporción sustantiva, los porcentajes de votantes que hoy aparecen definidos a favor de tal o cual opción están nutridos por el llamado voto duro de los partidos; ese paquete de sufragios que anclado en la convicción, la gratitud, la identificación, la tradición o la simple inercia, no requiere de mayor argumentación para expresarse. Pero en todos los casos se trata de cantidades de votos garantizados que no alcanzan para ganar nada. Aunque también, hay que subrayarlo, sin ellos no se gana nada.
La posibilidad real de la victoria para cualquiera de los candidat@s está en otra parte: en los indecisos o supuestos indecisos que sí requieren ser persuadidos.
Desde esta óptica, uno esperaría que durante los próximos 90 días (cito en orden alfabético) Juan Manuel Carreras, Eugenio Govea, Sonia Mendoza, Fernando Calolo Pérez Espinosa y Sergio Serrano, se esforzaran por convencernos de que sus propuestas son las mejores; de que sus programas de gobierno son los más visionarios y de que sus proyectos son viables.
Sin duda que habrá ataques mutuos, cuestionamientos, descalificaciones. Son parte de toda campaña política. Lo que en todo caso importa es que no sean la nota predominante; que no sea la invectiva o el insulto lo que defina el tono general de la contienda. Se trata, ciertamente, de la conquista del poder, pero no tiene por que ser un lodazal, un cochinero.
Se trata, para poner las cosas en perspectiva, de la búsqueda de un cargo -el de gobernador del estado- que permite incidir, para bien o para mal, en la vida, al día de hoy, de algo así como 2 millones 800 mil personas; que facultará a administrar más de 200 mil millones de pesos en el sexenio y que otorga el mando sobre varios miles de policías y una multitud abigarrada de burócratas. Un cargo, también hay que decirlo, bastante bien pagado y con generosas prestaciones que permite ahorrar algunos millones de pesos con un ejercicio honesto, pero que igual concede margen para salir multimillonario.
Por ello, los candid@tos deberán también esforzarse al máximo para convencernos a los votantes de que no traen hambre de fortuna; de que no vienen a ver qué y cuánto se pueden robar para que no pasen apuraciones económicas sus hijos, sus nietos, sus bisnietos, sus tataranietos, sus trastataranietos y sus choznos.
TAMBIÉN IMPORTA LO QUE NO
En la misma lógica y con la misma perspectiva, si se miran bien las cosas, en la conquista de voluntades que traducidas en votos te lleven al triunfo, tan importantes son aquellas que se consiguen por la vía afirmativa (“voy a hacer tal o cual cosa”) como las que se alcanzan por la opción negativa (“no haré esto o aquello”).
Así, creo que los aspirantes a gobernarnos conseguirán tantos sufragios como tanta sea su capacidad de convencernos de que harán cosas buenas, pero también de que no harán cosas malas. Los votantes deberíamos tener claro antes de ir a las urnas qué ofrece hacer cada candidat@ pero también qué se compromete firmemente a no hacer.
Tengo para mí que a los potosinos nos gustaría escuchar algunos compromisos formales de acciones que no emprenderían, de conductas que no asumirían los señores candidatos y la señora candidata. Me refiero no a las previsibles promesas de no violar la ley, de no enriquecerse, de no conculcar los derechos humanos y demás obviedades. Sin que sea un listado exhaustivo, creo que a muchos de nosotros nos motivaría a definir el sentido de nuestro voto si, por ejemplo, escucháramos:
De Juan Manuel Carreras que no será el continuador del Toranzato. Lo que implica que llegado al poder, no se convertirá en encubridor o tapadera de lo que se haya hecho mal y amerite fincar responsabilidades. No tiene por qué maldecir ni satanizar a la actual administración y sus cabezas (así, en plural), pero sí dejar claro que es una falsa percepción esa de que lo catapultaron a la candidatura por ser manipulable; porque le ven vocación de títere y porque piensan que en buena medida continuarían gobernando a través suyo.
Abro aquí un paréntesis para dejar asentado algo que tiene que ver justamente con este tema. En los últimos días he conversado, por separado, con varios interlocutores recientes de Juan Manuel, y coincidentemente comentan que cuando se toca la cuestión del “deslinde” con el Toranzato, el abanderado priísta se impacienta y puntualiza que sí, que ya lo sabe, que todo mundo se lo dice, y que por eso al día siguiente de que tome posesión como gobernador pintará su raya.
La frase la popularizó semanas atrás el periódico inglés Financial Times, referida al presidente Peña Nieto, pero creo que viene como anillo al dedo: El Güero no ha entendido que no ha entendido. Mucho me temo que el deslinde en el menor plazo es condición fundamental para que gane las elecciones. Si se espera al 26 de septiembre, a lo mejor anda de vacaciones en alguna playa.
De Sonia Mendoza Díaz, aunque quizá con menor apremio e intensidad que en el caso de Carreras, tengo la sensación de que también debería desmarcarse del llamado Círculo Azul; particularmente de sus cabezas más visibles: Juan Pablo Escobar y Héctor Mendizábal. Ambos líderes panistas han mostrado en los últimos años una formidable capacidad no solo de operación sino de manipulación política (¿Qué opinan Alejandro Zapata, Octavio Pedroza, Miguel Maza y otros?), y es difícil aceptar sin más que no intentarán tripular a Sonia. Muy probablemente se encuentre en la misma encrucijada que JMC: si se distancia de ellos se queda muy sola. Creo que debe medir ventajas y desventajas. Es cosa, como decía don Jesús Reyes Heroles, de avanzar con la sonda en la mano.
Hay otro rasgo de la personalidad de Sonia que quizá no tenga porqué ser materia de un compromiso explícito. Bastaría con dejarlo a un lado o por lo menos atenuarlo: su facilidad para agredir a quienes no están de acuerdo con ella. El espacio no alcanza, pero cualquier revisión de la hemeroteca en los días que Octavio Pedroza meditaba su abandono de la contienda interna del PAN mostrará no solo agresividad sino hasta arrogancia de doña Sonia. En contienda puede entenderse, pero imagínesela usted de gobernadora mandando al diablo a todo aquel que disienta.
De Fernando Calolo Pérez Espinosa, creo que un imperativo es pronto dejar claro que su candidatura es la reivindicación de una causa colectiva válida y no una excursión punitiva para ajustar cuentas y cobrar venganza. De que tiene motivos de agravio, por supuesto que los tiene, pero satisfacerlos no debe ni puede ser el mayor y mucho menos el único resorte de su participación.
Sin ingenuidades, es obvio que Calolo será el catalizador del voto de rechazo a la administración torancista y del de castigo al PRI como siempre le sucede al partido en el poder, cualquiera que sea, pero no pienso que tenga que mostrar afanes revanchistas para conseguirlos. Quizá le baste con comprometerse a no ser tapadera de nadie.
A los demás candidatos se las quedamos a deber.
COMPRIMIDOS
Una vez más, en vía de justificación invoco a Renato Leduc, por aquello de que “Periodismo es reiteración”. A mes y medio de haber sido proclamado candidato, los mayores golpes políticos que ha recibido Juan Manuel Carreras se los han propinado sus promotores y aliados. La diputación federal plurinominal de Delia Guerrero (de nuestro mayor respeto) deja en claro que, por lo menos en ese ámbito, al Güero no lo dejaron meter ni la mirada. Revisando las biografías de ambos, no se encuentra ningún punto de coincidencia política, administrativa, profesional, social, familiar o regional. Puesto en claro: se la impuso Toranzo. O sea que lo de Cándido, también de Toranzo, y lo del Tekmol, de Barrera Guillén, apenas fue el comienzo. Vienen las pluris locales. Habrá que ver. Por lo pronto, lo están mandando muy herido a la campaña.
Y a propósito de campaña, alguien me preguntó recién algo que no pude responder: cómo se las irá a arreglar Cándido para hacer campaña rodeado de escoltas uniformados y armados que para nada invitan a la gente a acercarse. Digo, si no es que lo bajan antes de la candidatura.
Aunque ha disminuido en algo estos últimos días, ahora que veía la santa madriza mediática que le vienen poniendo al Calolo, me acorde de aquella terrible que en el 88 le pusieron -con Jacobo Zabludovsky a la cabeza- al ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, cuando hasta a medios hermanos suyos localizaron y entrevistaron en 24 Horas para que lo denostaran. Por poco y gana las elecciones. Hay quién sostiene que sí las ganó.
En la columna anterior que dedicamos a revisar cifras electorales, hubo una muy interesante que no consignamos: los 435 mil 628 votos que recibió Fernando Toranzo en el 2009, se conservan como el record de votación priísta en la entidad. En el 2012, Enrique Peña Nieto, no obstante su arrastre, popularidad y despliegue de recursos en campaña, se quedó en 428 mil 797. Casi 7 mil menos. Pueden no parecer muchos, pero marcan una tendencia.
Hasta el próximo jueves.





